Edgardo Vigo, un artista entre la burocracia

Edgardo Vigo fue un artista plástico platense, símbolo de la vanguardia argentina de los ´60. Su faceta menos conocida, la de empleado judicial, no fue explorada hasta que Vigo decidió intervenir los expedientes con un lenguaje conceptual. Una crítica política, desde el arte, al sentido instrumental de la Justicia.







(Por Carlos Vallina y Natalia Aguerre) 


Hijo de un padre carpintero y de una madre que se dedicaba a las tareas domésticas, Edgardo Antonio Vigo nació el 28 de diciembre de 1928 en La Plata, justo el día de los inocentes. La suya fue una infancia rodeada de tilos y diagonales, y a los 22 años comenzó a trabajar en el Poder Judicial, en lo que a priori parecía un trabajo administrativo como cualquier otro, cosiendo expedientes.

Entre hilos, papeles, cartón, sellos y perforaciones, aprendió el oficio de encuadernar.  Sin embargo, en los pasillos de Tribunales, pronto empezaría con sus intervenciones artísticas. Ningún burócrata pudo entender lo que hacía con aquellos papeles que, cuando no acumulaban polvo en los anaqueles, se apilaban ante la indiferencia de los empleados.

Vigo rompió la monotonía. Entre grafías de máquinas de escribir, expedientes amontonados, y olor a papel añejo, decidió intervenir la historia de un proceso judicial o una serie de documentos que elegía del archivo en un registro de prueba, incorporando además la fotografía y el juego con el lenguaje.

De joven, se anotó en un curso nocturno en la Escuela de Bellas Artes. Pero fueron otros dos compañeros de trabajo quienes, al año siguiente y sin consultarle, lo anotaron -pagándole la matrícula-, en la carrera artística de dicha Escuela. De allí egresó como profesor de dibujo, en 1953.

En uno de sus registros de archivo anotó que la oficina donde trabajaba tenía la forma de un hexágono. Poco tiempo después le dio el nombre de Hexágono ‘71 a una de sus revistas más importantes. Así lo recuerda el artista Carlos Ginzburg:

“La oficina de Vigo en Tribunales era un tema de comentario, de duda y de sorpresa para sus colegas, pues Vigo metía ´obra´ de arte (las suyas) en medio del papeleo legal, las cuales interferían (no sé cómo) con las operaciones burocráticas normales (…). Lo seguro, es que de una manera u otra, parasitó el discurso y los comportamientos judiciales, con el discurso y los comportamientos de su vanguardia artística”.

De ese modo, Edgardo Vigo le anexó a la práctica judicial cotidiana el registro por escrito y fotográfico de cada expediente, una creatividad política que le permitió dar cuenta de un universo de sentidos a partir de elementos sumamente burocráticos. Así armó un archivo personal denominado BIOPSIAS.

En contraposición a la idea de un arte efímero, el artista documentó y resguardó sus acciones para hacerlas dialogar con la historia y la memoria, provocando  una transformación del mapa de lo perceptible y de los pensable en sus potenciales lectores.

Entre los registros que formaron parte de las BIOPSIAS, encontramos piezas que dieron cuenta de la articulación del arte y el campo judicial, en las cuales Vigo supo combinar el uso del discurso e instrumentos normativos a su producción artística revulsiva, utilizando la ironía y la crítica social.

“Certificado de mi nacimiento”

Este papel/obra documental formó parte de una instalación realizada en el negocio Tomatti de la ciudad de La Plata (1970). Un año después fue enviado por vía postal a diversos destinatarios. El certificado -que en el ámbito judicial es un documento público que da fe de un nacimiento- fue utilizado por Vigo a través de una copia conseguida en el Registro Civil.

El artista lo intervino con tres perforaciones, incorporándole su firma a las inscriptas, sello con su nombre y letras impresas en color verde: “Anotación marginal: el 28.12.70 batí mi propio récord de vida.- Conste”.


Certificado de mi nacimiento (Vigo, 1970).

Así, este documento insulso, de carácter jurídico, se transformó en un objeto poético que expuso la condición de la vida ante la sociedad.

“Señalamiento VIII”

Entre 1970 y 1972, Vigo hizo uno de las intervenciones que denominó como un "señalamiento". En este caso consistió en retirar agua del Río de la Plata -a la altura de Punta Lara-, y sumergir 300 tarjetas en ella -ver imagen-.

El propósito: regresar al año siguiente para devolver esa toma al río y extraer nuevas muestras. El papel, el hilo, los sellos y el territorio de La Plata nuevamente se hicieron presente en los sentidos de la obra presentada.

                                                                     Señalamiento VIII (Vigo, 1970).


Los sellos

La imagen del sellado de fojas, expedientes, notas y remitos ronda un imaginario de apatía y estancamiento en los despachos de los edificios públicos: es signo de un acto burocrático, no personalizado. Sin embargo, Vigo lo transformó en una huella singular de su obra artística.

En 1977. Vigo decía: “Hacia 1960 realicé unas series de ´composiciones poéticas´ utilizando sellos de goma que tenía en la oficina donde trabajaba. Como podrán imaginar, aquellos sellos no tenían inscripciones poéticas, pero de alguna manera aquellos sellos me permitieron descubrir el ´espacio poético´. Es decir, era una manera de liberarse desde una página como un ´espacio real´, haciendo un libre uso de ella (la página) como soporte de un poema”.

Así, en sus propias palabras, encontramos el sentido del instrumento, de acción y valor que este elemento implicó en su práctica laboral para un uso poético. Esta traslación expresó el cambio de sentido del sello, a partir del extrañamiento respecto a su uso convencional, convirtiéndolo, de este modo, en un elemento de goce estético.

                                                             Señalamiento VIII. Certificado. (Vigo, 1990).

“Señalamiento IX”

En el Señalamiento IX, Vigo enterró en el patio de su casa un taco de madera para sacarlo al año siguiente. La certificación había sido realizada por “testigos”: la escultora Graciela Gutiérrez Marx, el fotógrafo Estéves, y una escribana que efectuó “el acta labrada” de constatación en las dos acciones. Así se propuso una performance donde la práctica judicial de "dejar registro del hecho" se convirtió en práctica artística, adquiriendo un carácter crítico frente a la burocratización de los procedimientos notariales.

                                            Señalamiento IX. Acta de constatación. (Vigo, 1971).



Además, Vigo le agregó un texto que describió de forma administrativa los actos realizados:

“Nota 1: Del taco de madera original se cortaron 70 trozos de aproximadamente 1.x.2.x.7. cmts., cada uno se incluye como testimonio en la presente edición de ‘Múltiples acumulados’".

"Nota 2: Las actas labradas en ambas acciones fueron protocolizadas ante la escribana Lucía Zulema Ruíz de Galarreta de Cano bajo escritura pública número 20 de su Registro con fecha 12 de febrero de 1973 (Vigo, Señalamiento IX)".

Tal como analizamos anteriormente, Vigo utilizó el discurso y determinadas prácticas del campo jurídico para componer sus obras, pero también se apropió de sus temáticas para exponer estéticamente una crítica política sobre el funcionamiento judicial. Así se manifestó, por ejemplo, en la revista Hexágono ‘71 (1973) donde publicó una poesía visual de su autoría:

La ley del embudo (Vigo, 1973).

A partir del principio de presunción de inocencia, “toda persona es considerada inocente hasta que sea declarada culpable”, y de la frase popular “la ley del embudo” –que denota la desigualdad e injusticia-, Vigo elaboró una crítica en un doble sentido: por un lado, al sistema -embudo- e institución de justicia y, en este sentido, a la realidad social que consideraba injusta; y, por otro, expresando la necesidad de que el campo artístico incorporara temas de la agenda pública.

“Variante Jurídica”

Publicada en la revista Hexágono ‘71 (1973) y con el subtítulo “Relación: Estado / Individuo”, la pieza estuvo compuesta de dos columnas: “Ayer. Quita de libertad por hecho probado. Demostración de culpabilidad por el Estado”, y “Hoy. Quita de libertad por hecho supuesto. Demostración de inocencia por el individuo”. También se observó la fecha “1970 i 3” y el sello de Vigo con el número de casilla postal.

Variante jurídica. (Vigo, 1973).

Siendo semejante a una poesía -por el orden de las palabras-, dicha representación exhibió el atropello del Estado sobre los derechos ciudadanos referidos al debido proceso legal. La composición textual permitió comprender la postura crítica del proceso histórico en la conformación del Estado de derecho frente a un tiempo y espacio que acrecentaban la violación de las garantías constitucionales.

Así, en este breve recorrido, vimos cómo la obra de Edgardo Vigo transformó el lenguaje judicial,  que se caracteriza por su estilo solemne y técnico, en un hecho artístico. Con sus intervenciones, logró un signo político, dándole sensibilidad y carácter humano.

Y activó un tipo de experiencia sensorial y poética hacia nuevas configuraciones sociales, poniendo en jaque a la Justicia desde sus propias prácticas y lenguajes.





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