Crónica de una resistencia: el diario Hoy no se cierra

Cuando la antigua dueña del periódico, Myriam Nené Chávez de Balcedo, reapareció tras la detención de su hijo y anunció el cierre temporario, entre los trabajadores cundió el pánico. Sin embargo, rápidamente se organizaron en asamblea y permanecieron en el edificIo hasta lograr la conciliación obligatoria. Una crónica narrada por un periodista del diario, que vivió junto a sus compañeros días intensos entre la incertidumbre, la tensión y la lucha colectiva.



Fotos: Diego Riquelme y Nazareno Borrach 



Tengo, claro, un nombre. Pero poco importa en este momento. Basta decir que soy uno entre los sesenta o setenta laburantes que durante unos días provocaron un temblor raro, inédito, puertas adentro del diario Hoy de La Plata. Y que mi oficio es contar.

Todo —o más bien casi todo— pasó en cinco días que parecieron uno, desmesurado, donde las horas se detenían o aceleraban y las ideas se mezclaban unas con otras como en los sueños largos y afiebrados. En ese lapso, Myriam Chávez de Balcedo, la directora ¿actual? del Multimedios, conocida como Nené, anunció 45 despidos en el periódico y 17 en la radio (Red 92) que después, dijo, eran 100: desmontó un set televisivo, echó a 15 realizadores audiovisuales, 6 fotógrafos, a los choferes y guardias de seguridad, y notificó despidos en hojas sin firma ni membrete de la empresa.

Luego remarcó, a los gritos, que no había marcha atrás. Todo de un plumazo, con la prepotencia de alguien acostumbrada al maltrato y la humillación hacia los trabajadores de prensa.


Muchos compañeros, yo mismo, lo creímos posible: hasta ahora, la rebeldía había sido un recurso inútil con la Señora Nené. Y hoy, ciento veinte horas después, con la seguridad provisoria de una conciliación obligatoria otorgada por el Ministerio de Trabajo que rige por quince días, creo que vale la pena serenarse y contar. Contar algunos fragmentos íntimos de una batalla que se hizo pública, que no es ni por asomo la guerra, pero cuyo pequeño triunfo tiene el valor probatorio como mejor virtud: demuestra que se puede ganar.

Hay que empezar el relato por algún lado, y tal vez convenga retroceder hasta, incluso, antes del principio. El 5 de enero de 2018 detuvieron en su chacra fastuosa de Playa Verde, Piriápolis —cerca de Punta del Este—, al dueño del diario y secretario general del Sindicato de Obreros y Empleados de Minoridad y Educación (SOEME), Marcelo Balcedo, y a su esposa Paola Fiege. Las imágenes de su captura mostraban un mundo de ostentaciones: en su estancia “el Gran Chaparral”, había 14 autos de alta gama, armas, medio millón de dólares y ñandúes chapoteando en una laguna artificial. Pero no todo había terminado allí. Los allanamientos siguieron en los días posteriores con el desentierro de un tesoro de seis millones y medio de dólares al dirigente gremial. Y continúan.



“Ahora, más que nunca, tenemos que brillar”, dijeron los jefes periodísticos del diario después del arresto del director. No se podían cometer errores: pendían de un hilo las pautas por publicidad.

Ese mismo día sonó el teléfono y reapareció del otro lado de la línea, después de dos años de silencio, la Señora Nené. Quienes la conocían -había dirigido el diario por largos años- sabían muy bien que era la peor novedad. Recordaban el maltrato, el basureo permanente, las marchas y contramarchas en la línea editorial, los sueldos en negro, los despidos sistemáticos a quienes osaban contradecirla o se apartaban un ápice de su voluntad. Y el incumplimiento reiterado de las sentencias judiciales o el pago de indemnización.

En 2016, después de un pase de manos involuntario, el diario quedó para Marcelo Balcedo, uno de los dos hijos de Nené. En ese tiempo, la redacción se agrandó aunque también hubo despidos y las condiciones de trabajo distaban bastante de ser las establecidas por el Estatuto del Periodista. Mientras tanto, Nené se retiró a su mansión en el Sur, acusando el golpe, pero juró venganza: durante meses, un camión con acoplado aparcó en la puerta del diario porque había prometido inmolar un vehículo contra su frente de cristal.


Ahora, con su vástago en una cárcel uruguaya, Nené se presentaba como la accionista mayoritaria y reclamaba su parte del león. “No la vamos a dejar volver”, repetían los jefes, sin demasiada convicción. Dos días más tarde, su nombre apareció en el casillero del director. Pronto comprobamos que su genio no se había endulzado con los años sabáticos. Era más bien al revés.

La decisión de cerrar el diario por cuatro días y reabrirlo con una redacción a su medida, no fue otra cosa que el final de una vertiginosa escalada despótica. Las primeras señales fueron a través del teléfono: “A ése no lo conoce nadie”, le dijo a F., a cargo de Espectáculos ese primer día, cuando le contó de una entrevista con un actor de reparto. Entonces le propuso hacerle una nota a un galán maduro de telenovela. “Ése es un pelotudo pero la gente lo quiere”, respondió. “No más de ochocientos caracteres, y el resto fotos. A la gente no le interesa leer”, le recalcó después. Y le preguntó la cantidad de periodistas que había su sección. “¿Cinco?”, tronó su voz al otro lado de la línea. Le parecía una barbaridad. "Es que hacemos mucha producción, señora", justificó F. “¿Usted se cree que son el New York Times? ¿Qué no sé que ustedes hacen ‘copy rights’?”, retrucó, confundiendo la expresión con aquella otra sajona que significa “copiar y pegar” (“copy-paste”).


Una escena similar vivió P., a cargo de Interés General. La sección tenía preparada una entrevista a Martín Felipe Castagnet, un escritor platense que viajaba a Colombia para participar del Festival Bogotá 39, junto a los mejores escritores latinoamericanos de la generación sub 40. Se la propuso. La respuesta de Nené fue del mismo tenor: “Las historias platenses no le interesan a nadie. ¡Además, Colombia, mija! un país menos desarrollado que nosotros y lleno de wachiturros”.



El suplicio entre los compañeros se fue convirtiendo en algo cotidiano: cuando caía la tarde tras los ventanales espejados del edificio de la avenida 32 y repiqueteaba el teléfono en cada sección, las miradas se cruzaban antes de descolgar. Cambios abruptos de horarios de trabajo —“no quiero más nadie a la mañana”—, guadañazos a ciertas secciones y el rumor de suspender la edición del domingo fueron componiendo un escenario propicio para los despidos masivos.

Una de esas noches, llegó por WhatsApp la cita para una reunión nocturna. Después del cierre, varios compañeros se juntaban a pensar una postura propia ante el atropello. Las cervezas y la bronca se fueron entreverando, y con la mera intuición como método, nació la idea del primer comunicado en la mesa de un bar: uno que advertía los despidos inminentes y declaraba el estado de alerta. Había sido un reflejo. La primera defensa grupal.


Al día siguiente Nené llegó en persona y apuró los cambios -estos hechos se contaron luego en la editorial del diario digital realizado por los trabajadores-: llamó al jefe de Fotografía y le dijo que de los ocho de la sección sólo quedarían dos. El jefe en cuestión, D. se los comunicó a sus compañeros como un hecho consumado. “Si les ofrece plata, agárrenla”, fue todo lo que les aconsejó antes de que recibieran el telegrama oficial.

Fue el comienzo de una avanzada temeraria. Tan sólo con un movimiento de su brazo, Nené echó a 15 realizadores audiovisuales y les ordenó desmontar la escenografía del set de filmación. A seis de ellos les dio una hoja A4, tachada con birome, donde les anunciaba que ya no los necesitaba y los citaba a una reunión en Trabajo para arreglar su indemnización.

—En el diario son 150. Con 35 o 40 me arreglo— le soltó a R., uno de los periodistas más antiguos de Política.

Y completó:

—De los 71 de la radio, no necesito más de 11 o 12.

El argumento era que el diario estaba en crisis. Un rato después convocó a su despacho a L., responsable de la página web. Cuántos eran, quiso saber.

—¿Siete? Tache tres y deje cuatro. Usted elije.

 L. y el jefe de redacción se negaron a entregar compañeros y ofrecieron sus renuncias.

— ¿Ahora están en sindicalistas? — les gritó Nené, viuda y madre de dirigentes sindicales, furiosa —. Váyanse con la zurda— escupió.


Les indicó a los hombres de seguridad que vaciaran el edificio. Anunció que cerraba el diario por cuatro días. Luego dijo que volvería con la nómina de los nombres de quienes no podrían volver a entrar a la redacción.

Era jueves, dos de la tarde. Entonces sí: todo comenzó.



Miro el grupo de Whats App “Diario HOY”. Ahí están los primeros mensajes del jueves 18, entre las dos y las cuatro de la tarde, cuando la gota colmó el vaso. Releyéndolos, uno tras otro, vuelvo a sentir la desesperación: “Chicos, acá el contador dice que cierran el diario, que la dueña dio esa orden”; “A Audiovisual y choferes les dijo que firmen no sé qué y se vayan, a los gritos, claro”; “No van a dejar entrar a los despedidos. Por eso la seguridad. Tenemos que hacer que vayan todos los medios posibles porque eso significa que va a haber choque y resistencia. Se repite la historia de siempre”; “Che, ¡no firmen nada! Saquen foto de las máquinas, todo lo que hay en el diario”; “Ya mandaron a los patovicas, vacíen los lockers”; “M. nos dice que no nos vamos de acá, así que los que puedan venir que vengan“; “¡Está yendo un abogado!”; “Estoy en camino”; “Voy tb”; “En camino”; “Me baño y estoy allá”; “Vamos C. y yo”.

Adelanté tres horas la salida de mi casa y me fui al diario. Cuando llegué, varios compañeros caminaban nerviosamente por el palier. Había angustia, ansiedad, pero también un aire raro, difícil de explicar. En la planta alta, la Señora seguía atrincherada en su despacho silente, con sus hombres de mayor confianza, como esos déspotas que empiezan a darse cuenta de que el poder se escurre y pueden caer. Al atardecer, en una asamblea masiva de trabajadores, se votaba la permanencia pacífica en las instalaciones del diario. Por unanimidad.


Un rato después, D. y F. improvisaron una conferencia de prensa afuera con los móviles de Telefé y Canal 9  y comunicaron la decisión. La tensión crecía, porque algunos noticieros, azuzados por un tweet rastrero de Luis Majul, aseguraban que Nené no se iba porque no la dejábamos salir.

Nos dividimos en comisiones y empezamos a trabajar. Para muchos, todo era nuevo, fresco y adrenalínico: parecíamos adolescentes saliendo por primera vez con el auto del papá. No hay más que repasar los mensajes en el WhatsApp. Es como el mapa en directo de la gesta: quedaron registrados los horarios, las ideas frescas, aportes, recaudos, advertencias, estrategias, acciones y reacciones. El círculo virtuoso de la solidaridad.

A., que vivía cerca, ofreció que se bañaran en su casa. E. fue a buscar en plena noche dos colchones de camping y un inflador. La Comisión de Logística abasteció de agua, café, yerba, mates y bombillas, galletitas y bebida fresca para pernoctar. La Comisión de Seguridad se contactó con organizaciones de distinto pelaje y montó guardias de nocturnidad. La Comisión de Legales se asesoró jurídicamente acerca de las dos denuncias presentadas por la mujer. La de privación ilegítima de la libertad no tenía pies ni cabeza y fue descartada por dos policías que levantaron un acta que decía que el acuartelamiento de la anciana era "voluntario".

El pedido de desalojo tampoco le funcionó. “La Señora de Balcedo llamó a la fiscalía, pero no realizó denuncia alguna. Para nosotros es un tema laboral. No hay delito”, dijo el fiscal Marcelo Romero en una radio local. Y preparó la nota fundamental: la que pedía que el Ministerio de Trabajo dictara la conciliación obligatoria y abriera una negociación.



Los días que siguieron, P., D. y F. hablaron en infinidad de emisoras y salieron notas gráficas y hasta móviles con chimenteros como el exasperante Mariano Iúdica. Chiche Gelblung nos tuvo en su mesa de las tres de la tarde, y escuchó nuestra posición: más allá de los avatares de la empresa, queríamos que todos siguieran trabajando. Hasta que en una asamblea, Ch. subrayó una realidad: éramos periodistas. “Hagamos un diario”, remató.

Se hizo: el periódico digital, en formato PDF, informó sobre los detalles del conflicto y exhibió las muestras de apoyo que no paraban de llegar. En un rato, la sección Espectáculos consiguió a los artistas que se sumaron al Festival para el domingo. Las cámaras del área audiovisual jamás dejaron de trabajar. Varios videos se viralizaron, sobre todo el que mostraba las imágenes de esos días, con la voz en off del escritor Hernán Casciari leyendo la editorial escrita por R. y por G.

Las noches eran calmas: diez o doce compañeros mateaban sentados en semicírculo, algunos descalzos, y D. dormía tan profundamente que algunos bromeaban que en su casa no tenía colchón. M. tocaba en la guitarra Spinetta, Peteco e Ismael Serrano, y cantaba simulando los pastores brasileros de la televisión. Al final, casi todos caían rendidos. A., en cambio, no: él era de Seguridad y su deber era la vigilia. Todas las mañanas, cuando empezaba a clarear y terminaba su guardia, barría los puchos de la vereda.



El lunes por la mañana llegó la hora crucial. Tras una movilización al Ministerio de Trabajo, los funcionarios reconocieron que era una situación de despido colectivo –a pesar de que no había telegramas oficiales- y dictó inmediatamente la conciliación obligatoria. Por la empresa, no fue ningún abogado ni apoderado legal.

Cerca de las dos, los compañeros llegaron al edificio con la copia del acta en la mano. Durante toda la mañana se habían juntado decenas de canillitas y rudos empleados de los talleres: ellos, más que nadie, querían que el diario volviera a circular. La situación era delicada: el resto de los eslabones de la cadena necesitaban del diario para volver a cobrar. Nosotros también, pero necesitábamos algo más: que ningún compañero quedara en la calle. Ése era el mandato original.

D. y P. hablaron para todos. “La lucha logró que los despidos se retrotraigan y que los compañeros de la radio estén blindados. Todos queremos que el diario salga, pero si había despidos, no íbamos a sacar el diario. El día de mañana, si tocan a un canillita o a alguien de la imprenta, vamos a ser los primeros en la fila para ayudar a luchar”, dijo D., uno de nuestros delegados.



“Ustedes y nosotros somos laburantes, no empresarios, tomamos el colectivo, vamos al médico, tenemos que pagar un alquiler. La unidad nos garantiza que nunca más nos van a pisotear”, agregó P. Hubo aplausos, y cánticos, y un torrente de angustia que bajó de golpe, un cierto alivio después de días, como escurre el agua sucia de los temporales por las bocas de tormenta. Alguien llamó al Ruso, uno de los operarios de los talleres, para que diera su parecer.

—No puedo agregar mucho a lo que dijeron los chicos. A nosotros nadie nos dijo cómo era el conflicto. Lo único que le pido es que no se olviden de nosotros, los de 508, porque allá cargamos con muchas familias.

Hubo más aplausos. Un rato después, en la rambla, hubo una foto colectiva y unas pizzas.



Ahora, ciento veinte horas después de la decisión de dormir en el edificio de la avenida 32, muchas preguntas siguen sin respuesta y seguimos en estado de alerta: la conciliación obligatoria es sólo por quince días. Lo sabemos: nadie pueda darnos ninguna garantía sobre el futuro y por eso es que no hay festejar antes de tiempo.

La crucial: nadie se presentó en la audiencia en nombre de Edigráfica- la Sociedad Anónima responsable legal del diario- que en diez días debería pagarnos el próximo sueldo, como todos los meses. El lunes que viene habrá otra cita en el Ministerio, en la que esperamos que los responsables de la empresa acerquen una solución sostenible.

Mientras, mis compañeros se suman como colectivo de trabajadores en otras luchas callejeras parecidas a la nuestra, multiplicadas temerariamente por el ajuste de los gobiernos de Mauricio Macri y María Eugenia Vidal.

Con la conciencia nueva, estimulante, de sabernos una pieza más en el tablero de nuestro pequeño mundo laboral. Una pieza fundamental. Nosotros, como esos rehabilitados ambulatorios que recibieron el alta hace poco, seguimos en contacto. En estado de vigilia permanente.

Compartir

Artículos relacionados