¿Quién les quita lo luchado?

Una crónica desde adentro de otro día histórico en el camino hacia la legalización del aborto. Un viaje de La Plata a Capital Federal, invadido por la marea verde. Y la certeza que la movilización debe continuar. 



Por Lucrecia Bibini
Fotos: María Paula Ávila 

Viernes 9 de agosto, 02:44. El Senado argentino rechaza el proyecto de ley por la Interrupción Voluntaria del Embarazo, que había logrado la media sanción en Diputados el 14 de junio.

Un rato antes el clima no era el mejor. Alrededor de la una de la mañana, circularon alertas por redes sociales avisando que fuerzas de seguridad estaban rociando con gas pimienta y agua a quienes se manifestaban en un festival a favor del aborto legal sobre la Avenida 9 de Julio.

Mientras les senadores en contra del proyecto expusieron durante 17 horas con argumentos de pseudociencia, anécdotas personales cargadas de juicios morales y creencias religiosas, afuera, en las calles y bajo la lluvia y el viento helado, esperaban millones de personas que exigían Aborto Legal, Seguro y Gratuito, reafirmando que con el tsunami feminista “estamos haciendo historia”.

***

El tren que sale de La Plata a Constitución a las 14.47 está explotado. La ola verde arrasa con todo lo que está a su paso y no llegan a verse pañuelos celestes, identificatorios del apoyo al aborto clandestino. Los brazos de dos pibes que subieron al último vagón quedan al borde de ser atrapados por las puertas automáticas. El que no llegó a desabrigarse antes, perdió. Imposible moverse.

A pesar que hace días es de público conocimiento que la mayoría de los senadores ya definió su voto, miles de personas, en su mayoría jóvenes, se movilizan al Congreso a exigir que se los vea y se los escuche, para cambiar una legislación sobre el aborto que data de 1921 y que criminaliza a la mujer por la interrupción de un embarazo no deseado, obligándola a la clandestinidad de su accionar.

El glitter es el protagonista de la jornada: purpurina verde y violeta que maquilla párpados y decora las mejillas de les pibes. De a ratos, algune canta a los gritos, “Si no hay aborto legal…” y la mayoría responde: “Qué quilombo que se va a armar”.

El tren marcha tranquilo hasta la estación final. La mayoría toma el subte para ir hasta Congreso a unirse al resto de la masa verde que conquista Capital Federal.



—¿Qué va a pasar después, cuando termine esto? —pregunta una chica a su grupo de amigues.
—Y… si no se aprueba se volverá a presentar hasta que sea ley —responde uno de elles.
—No, ya sé. Me refiero a después, cuando esto termine. ¿Qué va a pasar? ¿Qué hay que hacer?
—Irnos, irnos rápido.

Son las seis y media de la tarde y el frío se suma a la lluvia intermitente. Cientos de personas se mueven en grupos para acá y para allá, riendo y cantando, agitando banderas, carteles y paraguas.

Sobre la calle Presidente Perón entre Callao y Rodriguez Peña, y bajo los techos de las entradas de los edificios, se refugian decenas de pibxs que toman mates, café o cerveza. Algunes de los que residen en el barrio y quieren ingresar a sus hogares buscan esquivar a los grupos para no pisarlos y sonríen. Otres reaccionan con agresión, como la señora que, acompañada de sus dos hijes, increpa a les jóvenes que toman mate en la entrada de su casa.



-¿Sabés por qué me molestan, gorda de mierda? Porque tengo la suerte de tener un trabajo que me permite vivir en Congreso -dispara, e intenta dar un portazo que el muelle de la puerta amortigua.

Todes ríen del fracaso del accionar violento y ríen aún más cuando la señora finge llamar a la policía. No tendrá éxito, porque no hay señal. Es casi imposible la comunicación telefónica en las inmediaciones del Congreso, pero hay otros vínculos: los abrazos, las risas, el amor, la amistad, la alegría de encontrarse en las calles para reclamar a los senadores la aprobación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

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Las carpas de la Campaña Nacional por el Aborto Legal son un refugio ante la lluvia copiosa y las ráfagas de viento que se intensifican a medida que pasan las horas. Sobre la Avenida 9 de Julio se montó un      escenario y es una fiesta.

La gente baila, canta y agita los paraguas. Cada tanto, una avalancha humana separa a algune de su grupo de amigues. La voz de la referente feminista Quimey Ramos, amplificada por los altoparlantes, anima a todes a seguir acompañando mientras dure la sesión en el Senado.


En el recinto, los senadores ya llevan doce horas hablando, justificando su voto con argumentos religiosos y morales que no condicen con lo que pasa en la vida real: que en Argentina se practican más de 500 mil abortos cada año, con la muerte de una mujer por día.

—No se va a aprobar, ya lo sé. Pero la presión que les estamos metiendo no puede pasar desapercibida —le dice una chica a su amiga, mientras se secan el pelo con una toalla, bajo el techo de un estacionamiento.

Todes en las calles lo saben, la ley no va a salir esta vez. Para la hora de la votación, grupos de amigues se abrazan y cubren con frazadas, algunes cantan, ríen. El verde brilla con fuerza y el agua de la lluvia no puede borrar el maquillaje.

Cuando el resultado da en las pantallas el rechazo por el proyecto, las personas que apoyan el aborto clandestino festejan con fuerza como si fuera un gol.

—¿Qué festejan? —se preguntan todes les que se encuentran mirando la sesión en el televisor de un bar.
Les pibes lloran. Es el cansancio acumulado de una jornada histórica que dejó en evidencia que el Estado eligió ignorar las muertes por abortos clandestinos y la fuerza del movimiento feminista.

Pero, ¿quién les quita lo luchado?



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Nuestras redes sociales en la jornada histórica 

Perycia tuvo una cobertura especial de la vigilia. Las periodistas Julieta Ferrari y Julia Molina compilaron historias y argumentos de quienes marcharon. Junto a las fotos de Matías Adhemar,  la cobertura completa está disponible en nuestro perfil de instagram: https://www.instagram.com/anperycia/ seguinos!
Compartimos acá una de esas historias. 

Estefanía (26)
“Yo pasé por un aborto: en mi casa, con una aguja de tejer. Mi mamá me apoyó: me lo hizo llorando. Tenía miedo de contarlo, hasta el día de hoy. La pasé muy mal, hasta dejé el colegio. Estuve internada; se lo oculté a mi familia. A mi abuela le dije que estaba internada por una anemia. En el hospital Rivadavia me dejaron sola por horas. La enfermera me maltrató, me dijo ‘ahora te voy a sacar la placenta’ y se me subió arriba, y me apretó la panza. Me trató como a un perro. 
Tenía 16 años. Después de eso dije que nunca iba a ser madre. Hoy tengo un hijo al que amo. Hoy estoy acá por mi lucha, por la de las mujeres: para que puedan contarla. Por eso me movilizo hoy".

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