"El hermanito", sobreviviente astillero

Delegado gremial de base, fue secuestrado, torturado y privado de su libertad durante 18 meses por la dictadura cívico militar. En 2003 fue uno de los 20 reincorporados al Astillero, que por 27 años se había negado sistemáticamente a abrirle las puertas a los ex presos políticos. Evangélico y autodidacta, fue el sostén de muchos otros detenidos y sobrevivió al genocidio. Con una sentencia judicial a favor, hoy todavía lucha por el derecho a una jubilación y a que reconozcan sus legajos en la empresa del Estado.



Por Mariana Sidoti 
Fotos: Matías Adhemar
Publicada: 22/02/19


La casa de Luis Ricardo Córdoba es de un verde agua impoluto. A sus 72 años sigue viviendo en Berisso, la ciudad que lo vio nacer, casarse y pisar por primera vez el Astillero Río Santiago a los 14 años. Resaltan la prolijidad de los cuadros colgados en las paredes, las medallas ordenadas una al lado de la otra en una vitrina, y una limpieza que deslumbra todo el ambiente.

Por un costado algo enrevesado se accede a una habitación distinta, una suerte de despacho donde apenas se pueden caminar tres pasos. Ahí el ex trabajador del ARS guarda libros, fotos, documentos, carteles con salmos y frases motivadoras o evangelistas. A un costado, casi acaparando la pared por completo, un mueble repleto de causas judiciales, expedientes, declaraciones, archivos. La mayoría de esos papeles los presentó en 2015 durante el juicio oral contra los integrantes de la Fuerza de Tareas 5 (FTS), del que resultaron condenados ocho marinos y prefectos.

Tras el debate oral y la condena, los jueces Carlos Rozanski, César Álvarez y Germán Castelli (por entonces del TOF 1) resolvieron que los ex trabajadores sobrevivientes de la prisión y la tortura debían recibir una “reparación integral”, en tanto su calidad de víctimas a la vez de la patronal y del Estado. Es que en la década del ’70, tanto directivos como dirigentes gremiales del ARS entregaron a trabajadores y delegados de base, siendo la misma naviera propiedad del Estado nacional. En octubre del año pasado, la jueza María Ventura Martínez del fuero Contencioso Administrativo ratificó el fallo de la Justicia Federal y estableció, entre otras cosas, qué categorías debían reconocérsele a cada trabajador, qué monto jubilatorio y cómo debían ser restituidos sus legajos. Pero hasta el día de hoy la Provincia incumple el fallo sistemáticamente.

Eso a Luis no le quita el sueño. Hace exactamente 16 años que viene luchando por su derecho a jubilarse como trabajador del Astillero, al punto que creó una ONG –“Viento en Popa”- donde nuclea el mismo anhelo de los 15 ex operarios que quedan (cinco de los 20 que originariamente fueron reincorporados en 2003, murieron en este tiempo).

-La expectativa siempre es positiva- dice Córdoba sentado en un extremo de la mesa de su comedor, con la voz suave detrás de un tupido bigote blanco. Sonríe, con un optimismo casi absurdo después de haber estado esperando tantos años.

Y agrega:

-A mí lo que me gustaría es poder decirle un día a mis hijos: miren, por todo esto que me pasó y sufrí y en lo que ustedes me acompañaron, hoy podemos decidir juntos qué necesitamos para poder invertir, gastar, disfrutar. Eso quiero. Nada más.



Después de levantarlo en su casa por “averiguación de antecedentes” el 24 de marzo de 1976, las fuerzas armadas trasladaron a Córdoba al galpón de Automotores de la Escuela Naval de Río Santiago. En su temprana adolescencia, cuando recién era aprendiz en el área de Alistamiento Electrónico, él miraba con los ojos entornados al otro lado del río mientras escuchaba a los marinos cantar el Himno Nacional o el Himno a la Bandera. Ese lugar, que le generaba un fuerte orgullo patriótico y cierto honor de estar parado tan cerca -a sólo un viajecito en lancha de distancia-, se convirtió en el primero de sus avernos. Ahí los prefectos lo bajaron con otros tantos secuestrados de Astilleros y lo aislaron con tres hombres: mientras uno le retorcía la capucha, amenazando con cortarle la respiración del cuello, otro le pegaba palazos en la espalda. El tercero era el que hacía preguntas.

-¿Qué es “El hermano”, por qué le dicen así?

Pum, un primer golpe.

- Conteste. ¿Es un nombre de guerra?

-Es por mi fe en Dios -dijo Córdoba-. Por testificar el evangelio de Cristo. No tengo nada que ver con ninguna organización subversiva.

-Bueno- sonrió el inquisidor. –Comenzá a rogarle a Dios que te salve de esta.

Arrodillado por la fuerza, Córdoba sintió el cerrojo de un arma apoyándose sobre su cabeza y el inconfundible sonido del gatillo.

-Orá.

-Dios mío, líbrame de esto- obedeció, desesperado.

El siguiente recuerdo es despertar sobre un tejido de alambre que hacía las veces de cama. Había sido un simulacro, el primero de muchos. Después de 10 o 12 días en la Escuela Naval lo trasladaron a la Unidad 9, donde quedó recluido con militantes, estudiantes, trabajadores y hasta transeúntes que habían cazado “al boleo”.

Uno de ellos, un hombre mayor trabajador de la caña y oriundo de Jujuy, había entrado bajo la calificación de “ideólogo marxista” y ni siquiera sabía lo que eso significaba. En la Unidad aprendió a leer y escribió una carta por primera vez, que envió a su familia. No fue el único aprendizaje. Córdoba, en un rol que sus compañeros no tardaron en definir como de “pastor”, habló con muchos otros detenidos para que cada uno socializase sus conocimientos con el resto. Así aprendieron de anatomía, apicultura y hasta ruso.

Por supuesto, también religión.

-Era una manera de sostenernos anímica y espiritualmente. Había pibes que ni si quiera comían, que habían perdido 20 o 25 kilos. Adentro de la cárcel hay odio, deseos de venganza, rencor. Está todo en la olla. Y para mí creer es lo más lindo que hay en la vida. El que no pasó por circunstancias difíciles quizá no tuvo la oportunidad de valerse de eso. Pero aun teniendo todas las posibilidades, a mí me hacía bien creer.



Mientras charla con Perycia, una tarde calurosa de fines de 2018, Córdoba evoca anécdotas. Cuenta entre risas cómo un compañero suyo del Astillero, ateo por convicción, terminó acercándose a la fe en Dios. Asegura que eso a todos les hizo bien y su mujer, desde el otro lado de la mesa, asiente. Cuando su marido fue secuestrado, ella quedó al cuidado de un bebé de dos meses y el resto de sus hijos en común. Lo esperó. A diferencia de otras mujeres de detenidos, recibió ayuda económica de muchos amigos y compañeros de Córdoba, y además tenía el apoyo de sus padres, por lo que se fue a vivir con ellos.

 “Nunca hay que olvidarse que estamos hablando de seres humanos. De gente que perdió familia, su casa, sus bienes… en el fallo del Tribunal se habla precisamente de cómo se destruyó lo que es la proyección de la vida. Hoy por hoy, ¿cómo se compensan o retribuyen cosas así?”, se pregunta ensimismado, con una voz tan leve que parece que en cualquier momento va a apagarse.

Por lo pronto, la Provincia no tiene previsto cumplir el fallo que obliga la reparación para con los trabajadores. Así lo demuestran las numerosas medidas dilatorias que presentó a través de la Fiscalía de Estado, y que se basan, entre otras cosas, en una disputa con la Nación para ver cuál de los dos Estados es el que debería pagar las jubilaciones. Antes –desde 1953, cuando Perón creó la empresa Astilleros y Fábricas Navales del Estado (AFNE) y hasta la década del 90’- los trabajadores del ARS fueron empleados directos de la Nación. Durante el menemismo, la naviera estuvo al borde de ser privatizada, y finalmente pasó a la órbita de la Provincia de Buenos Aires.

“Todo lo legal distorsionó de tal forma las cosas que no se puede ser objetivo. Siempre lo dije: nosotros vamos a caer en un litigio estructural, donde todas las partes habidas y por haber que quieran opinar de esto, van a tener el expediente y la oportunidad de hacerlo. Y así fue. Se lo dijimos a los jueces y todo”, cuenta Córdoba.

Después de la reincorporación, con sus compañeros y la ONG “Viento en Popa” habían intentado un recorrido laberíntico, pasando por cámaras legislativas hasta la oficina del Gobernador, en pos de sacar una ley o un decreto que les reconociera la jubilación como trabajadores. Diputados aprobó el proyecto sobre tablas, pero quedó trabado en el Senado. Y aunque se reunieron con asesores de Daniel Scioli y redactaron un borrador, pese a las promesas, el decreto jamás salió. Diez años más tarde, la sentencia que debía resolverlo todo quedó, al menos fácticamente, en un aletargado suspenso.



“El hermanito” posa con la frente en alto y los ojos radiantes, erguido, tan quieto que parece esculpido. Una sonrisa detrás de los bigotes blancos, su traje de operario de Electrónica repleto de medallas de honor, un orgullo que se siente en el aire.

Entonces enumera todos los trabajos a los que se dedicó cuando lo echaron. A él, igual que al resto de los trabajadores detenidos, le llegó un telegrama de despido cuando salió de la Unidad 9, tras un año y seis meses de encierro ilegal. Intentó volver tres veces y siempre le negaron la entrada, algunas veces invocando normativas internas del Astillero y otras la mera voluntad del agente de seguridad apostado en la puerta.

Córdoba y sus compañeros habían formado parte del gran debate por un nuevo convenio colectivo de trabajo, en un Astillero que a mediados de la década de 1970 tenía más de 5 mil trabajadores de planta y 3 mil contratados y llevaba adelante una prolífica producción que recién comenzaría a apagarse durante la Dictadura cívico militar.

Elegido por sus compañeros como delegado, Córdoba se veía naturalmente enfrentado con la burocracia de ATE de ese entonces, que era funcional a la dirección del Astillero. Mucho antes del 24 de marzo “el Hermanito” ya recibía amenazas de muerte y pedidos de apartamiento que los dirigentes sindicales no se molestaban ni en desmentir. La connivencia entre el sindicato y las autoridades del Astillero fue clave en la desaparición y tortura de cientos de trabajadores, y hasta hoy los dirigentes de esa época siguen impunes.

Córdoba lo sabe y reniega contra el sindicato que, según él, hace poco y nada para exigir más producción en la naviera.

-Durante la Dictadura lo que querían destruir era propiamente el aparato productivo. Buscaban disminuir la capacidad de trabajo del Astillero; nos sacaban materias primas, tecnología, materiales. El Astillero tiene un atraso muy grande, hay máquinas que nunca se usaron y se hace un barco cada muerte de Obispo. Hoy en día seguimos reclamando lo mismo-, explica Córdoba con un dejo de dolor.

Durante el juicio, cuando volvió a estar frente a frente con sus torturadores, dijo:

-Les hablé a la cara, les dije lo que era para mí, de pibito, ver a la Armada Argentina del otro lado del río. Escuchaba desde la fragata el himno a mi bandera y era un honor escuchar a toda esa gente a la cual la vida le había dado la posibilidad de ser un soldado de la Patria. Pero el día que estuve en esos lugares específicos, y me torturaban los mismos… pensé: qué triste que es esto. Habiendo sido elegidos para servir a la patria estaban matando a sus hermanos, hijos, madres. En el juicio los hubiese insultado, claro, lo tenía todo a flor de piel. Pero recapacité y hablé propiamente con la verdad. Después de todo, es lo que buscaba el juicio.



Córdoba esboza la última sonrisa de la tarde cuando habla de su regreso al Astillero, 27 años después del secuestro. Al segundo día de su reincorporación, los trabajadores estaban haciendo una asamblea. Un delegado le ofreció decir unas palabras: no hablaba frente a una multitud desde la década del 70 y aceptó, sorprendido.

En su discurso, breve, agradeció el recibimiento y citó su frase preferida:

-“Si no vivís para servir, no servís para vivir”. Yo sigo sirviendo a los demás, así que si a alguien le puedo ser útil… estoy de vuelta en Astilleros.


































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