Malala, la jueza de la persistencia

María Laura Garrigós llegó a ser presidenta del Tribunal Penal más trascendente del país. Jubilada reciente tras cuatro décadas de carrera, en la semana del 8M recibió a Perycia en una cafetería de la avenida Callao y recordó los reveses que tuvo que soportar siendo jueza entre los jueces. "El poder judicial es una institución patriarcal donde las mujeres pagamos un costo altísimo”.




Por Daniela Camezzana
Fotos: Nico Freda
Publicada: 11/03/19
Semana del 8M: Lucha feminista


María Laura Garrigós de Rébori se jubiló el 1 de abril de 2018. Desde entonces aprovecha para levantarse a las nueve y quedarse un rato leyendo los libros que postergó durante 40 años de actividad en Tribunales. El primer llamado del día casi siempre es de Jorge Auat, actual presidente de “Justicia Legítima”, con quien tiene línea abierta. “Buen día, Presidenta”, saluda Auat, bromeándola un poco, porque ella ocupó ese cargo en 2012, cuando un grupo de jueces y juezas díscolos a ciertos mandatos de la corporación fundaron la Asociación.

Famosa por su “modo” cálido que le permite decir “lo que se le ocurre”, sigue de cerca las críticas que está recibiendo otro integrante de "Justicia Legítima", Alejo Ramos Padilla, que este miércoles expondrá en la Comisión de Expresión del Congreso. Hablar es algo que se le da bien a Malala y dice que fue aceitando la relación con los medios en los años al frente de la Asociación.

-¿Sabés por qué me eligieron presidenta? Mirá, era una más del montón pero tengo ese forma sencilla para explicar las cosas. Eso sirvió para que nos conozcan en la calle fuera de Tribunales. Ahora me pasa en las marchas del 8M o del 24 de marzo que me saludan y me piden que no afloje.

Hace unos meses, se compró un auto con caja automática y anda dando vueltas por el país. Rosario es el destino frecuente: no resiste pasar mucho tiempo sin ver al nieto más chico de la familia.

Cuando pensó su trayectoria como abogada se imaginó llegando a los sesenta años, jubilándose y dándose el tiempo para las cosas que resignó por su intensa carrera judicial. “Para mí la vida no se acaba en el trabajo”, solía repetir. Pero a un paso del retiro, el destino le tendió una última tentación: el concurso para un lugar en la Cámara de Casación Penal, el tribunal más importante antes de la Corte Suprema. Garrigós pasó airosa el examen y se convirtió en la única mujer y Presidenta del fuero. Los proyectos de ocio quedaron postergados tres años más.

“Los diez que fuimos elegidos en la Cámara no estábamos en todo de acuerdo, pero hicimos muchas cosas, como poner una instancia de admisibilidad de los expedientes para evitar que la Cámara se convirtiera en una playa de estacionamiento", dice la ex jueza, que recibió a Perycia en una cafetería de la avenida Callao que conserva la arquitectura clásica y moderna que le encantaban en los paseos de su niñez.

Otra de las políticas que tomó en la Cámara fue la de cortar ciertas costumbres que estaban arraigadas, como que los jueces recibieran a abogados de poder en su despacho. "En la causa de Nisman, por ejemplo, (Manuel) Romero Victorica y (Pablo) Lanusse nos pidieron una reunión personal, nosotros les dijimos que no porque los íbamos a escuchar en las audiencias. Se ofendieron mortalmente y lo pidieron por escrito. No podían creer lo que les estaba pasando”. Dice Garrigós que a pesar de que les “escamotearon” recursos y cargos por decisiones como ésa, aún hoy la Cámara sigue siendo un espacio diferente en el sistema de administración de justicia.

Malala, como la apodó de chica una comadre de su abuela, fue una de las pocas mujeres que llegó a cargos de jerarquía en el fuero penal. Por eso, tal vez, la convocan para dar seminarios y charlas sobre el oficio de jueza desde una perspectiva de género. “No pueden seguir formándonos como lo hacían los aprendices en el medioevo. La verdad es que vas aprendiendo de tus jefes a desempeñar el rol inmediatamente superior al tuyo. Cuando llegás al cargo de autoridad siendo mujer, tus características no corresponden con lo esperado de esta figura. Entonces a mí no me quedó otra que deconstruir lo aprendido”, dice la ex jueza.

Antes de convertirse en jueza correccional, en 1992, Malala sólo había visto dos mujeres en esa posición en la justicia. “Encima una de ellas, Laura Damianovich, que estaba al frente del juzgado 12, terminó con un jury por habilitar torturas a detenidos. Era un ejemplo para olvidar más que para imitar”, recuerda.




En los meses previos al Golpe de Estado, Garrigós de Rébori había conseguido su primer trabajo en Tribunales por recomendación del tío de su novio, un camarista. Arrancó como “pinche”: ordenando archivos, cosiendo expedientes y atendiendo al público. “Callada la boca y en silencio total”, evoca. Se convirtió en la empleada con mejor calificación. Como relató la periodista Irina Hauser hace seis largos años, en febrero de 1977 un grupo de tareas secuestró a su suegro, Humberto Rébori, y al hermano de éste. Batallaron 24 meses, lograron que se abriera un expediente por sus desapariciones, y Damianovich la llamó a su despacho para saber si tenía algo que ver con ellos. Malala salió del paso pero a la semana siguiente cometió un error en un expediente y le pidieron la renuncia. Tuvo que pedirse un pase a otro juzgado.

“Desde que me senté en Tribunales me puse a estudiar y fui ascendiendo cada vez más hasta que llegó el momento de ser secretaria. Ahí entré en el freezer mientras mis compañeros varones avanzaban en su carrera. Éramos diez mujeres en todo el fuero y hasta que salieron los concursos quedamos todas congeladas”, cuenta sobre sus primeros años. Eran tan pocas que se cruzaban en los pasillos y se pasaban la información de los posibles cargos. Una vez Malala se presentó a relatora de Cámara y quedó primera en el orden de mérito. Entonces la llamó el camarista.

—A usted le fue muy bien, quiero que sepa que salió primera —le dijo para romper el hielo—. Pero lamentablemente no la puedo nombrar. Imaginesé que un día me enfermo y usted tiene que llevarme los expedientes a casa.

—Me tomo un taxi y se los llevo, doctor —le respondió ella, sin pensar en lo que pensaba su interlocutor.

—Pero voy a estar en pijama…

“Era una situación desopilante”, dice ahora Malala cuando recuerda la escena. En el puesto nombraron al segundo en orden de mérito. Un varón. Ella seguiría intentándolo. “El feminismo nos enseñó a todas a ser persistentes”.

***

La Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia realiza, desde 2010, un relevamiento anual de las áreas y los puestos para trazar el Mapa de Género de la justicia argentina.

—No te hagas ilusiones. La foto no ha variado demasiado en los últimos años— dice a Perycia una de las encargadas de las estadísticas.

La última actualización muestra la paradoja que replica la lógica patriarcal que también impera afuera: el sistema de Justicia está integrado por una mayoría de mujeres —el 56% del personal—, pero los cargos superiores se encuentran en manos de varones. En la Cámara Federal de Casación Penal, por ejemplo, las magistradas suman apenas el 26%. “El poder judicial es una institución absolutamente patriarcal donde las mujeres pagamos un costo altísimo”, concluye María Laura Garrigós de Rébori.





En algún momento, su carrera en Tribunales se volvió casi un proyecto familiar del que participaban su marido, Horacio Rébori, y sus tres hijos varones. Dice que la familia que armaron les salió “bastante bien” aunque la compara con el “consentimiento informado”: les faltaba información a los dos para cuestionar los modelos de crianza. En la casa de San Telmo donde ella creció y también crecieron sus hijos, pasaron casi ocho años sin dormir una noche completa.

Mientras peleaba por revalidar en un concurso el cargo de secretaria, Garrigós sintió que la vida se la estaba llevando puesta. Dejó de dar clases en la Universidad por tres años, a contraturno del poder judicial, y dedicó ese tiempo para llevar a los chicos a rugby, a los cumpleaños, organizar los turnos con el médico.

—Tuve suerte porque mi marido acompañó cada etapa de la crianza de nuestros hijos —dice la jueza retirada mientras corre la botella del jugo de kiwi que tomó para que no salgan en las fotos—. Pero soy consciente que esa demanda de cuidado que recae sobre las mujeres en la justicia puede arruinar cualquier carrera profesional. Esa diferencia de años se nota en los currículums y los colegas varones la usan para engrosar su vida académica.

Recién cuando los chicos entraron en la escuela secundaria, Garrigós retomó la docencia y encaró su propia formación de posgrado. Entre clases y cursadas, se perdía cuatro cenas semanales que Horacio resolvía con salchichas y puré de papa hasta que él mismo aprendió a cocinar. El menor de los tres todavía le reclama ese año que los “abandonó” al cuidado del propio padre.

***

Cuando salió del “freezer”, Malala entró como secretaria interina en el juzgado de Oscar Rawson Paz. Él la aceptó porque “no le quedaba otra”, pero ocho años después impulsó su candidatura a jueza correccional.

Su papá estaba tan orgulloso por el ascenso que le pidió ir la audiencia del Senado. Esa mañana lo recibió un ordenanza en la entrada de la Legislatura que le preguntó el apellido. Julio César Garrigós fue conducido directamente hasta los asientos reservados para los candidatos. “Cuando me di cuenta lo que había pasado, me pareció el resumen perfecto de toda una época de mi vida”, repasa Malala, entre risas.

Como jueza correccional, y durante 12 años, Malala agilizó 3000 causas que estaban "cajoneadas" cuando asumió. Se convirtió en una cara visible entre sus colegas, pero casi una celebrity del edificio de Talcahuano cuando absolvió al periodista Horacio Verbitsky y a los directivos de Página/12 en la querella por calumnias e injurias que les había iniciado el entonces presidente Carlos Menem.

Aquellos días hacía un calor insoportable y junto a su secretario se pasaron todo el fin de semana en el patio de su casa, trabajando en shorts. Al día siguiente salió publicado su retrato en la tapa de Página 12. A media mañana, cuando fue a la mercería de la vuelta de su casa, la dueña que la conocía de toda la vida le dijo:

—Nena, no me dijiste que eras jueza.

A partir de ese caso, no sólo dejó de ser anónima en su barrio sino también en los pasadizos de mármol del poder judicial.

—Imaginate la repercusión que tuvo que me llamó el juez de la Corte Suprema, (Carlos) Fayt, y me citó a su despacho. Comentó que le había parecido una sentencia interesante. Acto seguido, me advirtió que no me acostumbrara a la prensa. “Ellos son más poderosos que nosotros”, dijo.

***

—Mire, doctora, acá el voto de los colegas no se discute.

—Pero cómo ‘no se discute’. Yo no puedo vivir sin discutir.

—...usted haga su voto y los demás harán el suyo.

—¿Pero de qué sirve que seamos tres si no hablamos entre nosotros?




Cuando su colega la invitó a tomar un café, ella pensó que era para coordinar el trabajo en la Cámara Criminal y Correccional a la que acababa de entrar por concurso. Era la única mujer y en los primeros años la pasó mal porque tuvo que volver a un sistema escritural en reemplazo de las audiencias orales y públicas. “Soy militante de la oralidad porque la escritura te pone una distancia entre el juez y las partes involucradas que va en perjuicio siempre del más débil. El juez tiene que conocer a las personas que transitan ese proceso. En la oralidad, por la presencia, está la posibilidad de la empatía. En la escritura, jamás”, asegura.

Entonces empezó a organizar reuniones en su despacho. En una de ellas reprodujo desde el principio la discusión que había grabado con un micrófono de computadora. “No les quedó otra que rendirse a la evidencia de que era una cuestión de voluntad implementar las audiencias orales”, dice, como tantas otras cosas que parecían intocables.

Malala nunca tuvo chofer y, a diferencia de sus colegas, solía caminar hasta los edificios que promediaban las 15 cuadras desde su casa. Cuando cruzaba a los abogados por la calle, mochila al hombro con los zapatos del trabajo, muchos no la reconocían. “Es que hasta el último día nunca di el physique du rôle”, dice ahora, incluso sorprendida de lo poco que hace falta para marcar un estilo que rompa los cánones de la familia judicial.




Compartir

Artículos relacionados