Garro, la ciudad no es tu cuerpa

El 34° Encuentro pasará por La Plata en estos días como una gran marea que desbordará calles y plazas. Cientos de miles de mujeres y disidencias habitarán en estos días la ciudad de una manera para la cual la misma no está preparada. Y es en este punto en el que quisiera detenerme, en el punto en cual los géneros y la ciudad se cruzan y donde se disparan las siguientes preguntas: ¿Está la ciudad pensada para esos cuerpos? ¿Para qué cuerpos está pensada la ciudad? 



Por Matías Manuele *
Foto: Matías Adhemar

Publicada: 10/10/19


Una tesis 

Vengo en estas notas preguntándome las formas en que Cambiemos, como expresión del neoliberalismo político, pensó la ciudad, cómo y para quiénes la hizo. Parto de la idea que el Pro supo hacer una lectura de lo que implica la vida en la ciudad contemporánea, de lo insoportable que se ha vuelto la experiencia cotidiana de vivir en la urbe. Aquello que, en el sueño republicano, era el espacio para el encuentro con la diversidad y que acabó constituyendo el espacio de la fobia a la alteridad.

En este sentido, la tesis que voy a sostener en este texto afirma que cada época histórica construye la ciudad a imagen y semejanza de la idea con que piensa los cuerpos que la habitan. Con esta idea quisiera pensar cómo el neoliberalismo a incorporado la imagen del cuerpo que promueve la concepción patriarcal, y cómo esta forma de pensar el cuerpo constituye también una forma de pensar la ciudad. De esta manera, las deconstruccion del cuerpo que los movimientos de mujeres y disidencias promueve puja por nuevos modos de ser y hacer en la ciudad.

Carne y Piedra

El axioma que vincula el cuerpo y la ciudad tiene una larga historia. Yo lo recupero del precioso libro de Richard Sennett, Carne y piedra (2003). En principio la idea es clara y atrevida, comprender cómo “problemas relacionados con el cuerpo han encontrado expresión en la arquitectura, en la planificación urbana y en la práctica de la misma”.

La tesis no es nueva. Sennett también la exploraba en su trabajo sobre el Declive del hombre público (1978), y anteriormente en su estudio sobre la Vida urbana e identidad personal (1970). En Carne y Piedra (2003) esta idea sirve al norteamericano para revisar la historia de las ciudades, en un catálogo antojadizo de épocas y metrópolis. Así, por ejemplo, comienza revisando la concepción griega del cuerpo, donde el calor corporal es la clave explicativa de la fisiología humana (“el cuerpo caliente era más reactivo, más febril, que un cuerpo frío e inactivo”). Esta concepción determina una arquitectura de desnudez, pues son los hombres quienes, por su mayor temperatura corporal, ocupan el espacio público, revelándose desnudos en la ciudad; mientras que las mujeres, versiones frías de los hombres, permanecen confinadas en el oscuro interior de las casas.

En la Roma de Adriano, el arquitecto Vitrubio realiza su estudio de las proporciones ideales del cuerpo humano, identificando las simetrías bilaterales de los huesos y los músculos, los oídos y los ojos. Este estudio permitió a través de la simetría dominar el cuerpo y el temor al deseo corporal que tanto paganos como cristianos tenían. La geometría dominaba las pasiones del cuerpo y de la ciudad, pensada ahora desde la «cuadrícula» romana como la manera de sostener las convenciones sociales y jerarquías.

Sennett continúa repasando las primeras comunidades de los cristianos primitivos de Roma, la lenta puja de la economía mercantil en el medioevo por tomar su sitio en la ciudad, la geografía de la segregación de la Venecia del Renacimiento, y en el paradigma corporal que William Harvey, en De motu cordis, establece al descubrir elementos relacionados con la circulación de la sangre. Las ideas de circulación y salud son también las que Adam Smith despliega para describir el mercado en La riqueza de las naciones, y se proyectarán a través del higienismo social en “una ciudad con arterias y venas fluidas en las que las personas circularan como saludables corpúsculos sanguíneos”,

Como se ve la tesis es preciosa, amplia y atrevida. Nos cuesta resumirla. Pero Sennett dejó esta tesis en los 90. Él mismo ha visto desarrollarse una Cultura del nuevo capitalismo (1990), y queremos pensar un poquito más allá.

La ciudad patriarcal 

Ahora, volvamos sobre la tesis en la que sostenía que el patriarcado es el modelo anatómico del capitalismo contemporáneo y, por lo tanto, el modelo urbano. ¿Cómo es la imagen del cuerpo del patriarcado? Como dice Silvia Federici en Calibán y la bruja (1998), para pensar el cuerpo del patriarcado hay que pensar el proceso de apropiación y cercamiento del cuerpo de las mujeres. Describiré este cercamiento del cuerpo a través de las tres “pe” que caracterizan al patriarcado: proveedor, procreador y protector.

La primera apropiación es la de la provisión, el hombre cerca el cuerpo de la mujer y la relega al hogar. Para que el cuerpo del hombre sea el cuerpo del trabajo proveedor deben sucederse dos movimientos. Por un lado, la abstracción de la medida del trabajo en la dimensión tiempo. El trabajo socialmente necesario para la producción se mide en el tiempo que se invierte en la reproducción del cuerpo. Pero ese criterio abstracto del tiempo oculta el segundo movimiento por el cual la separación urbana entre la casa y la fábrica excluye al trabajo domestico del espacio del trabajo asalariado (abstracto). El trabajo doméstico no constituye un resto de la era pre capitalista, sino una forma específica de relación social construida por el capitalismo.

El cuerpo relegado es sometido a una apropiación de otro orden, que es la de la capacidad reproductiva, la potencia procreadora. La reproducción se va construyendo socialmente como un acto ligado a la voluntad del hombre (el hombre activo que coge cuando quiere) y a la naturaleza de la mujer (el sexo es útero, maternidad, función reproductiva), “los cuerpos de las mujeres son convertidos en máquinas para la producción de trabajadores”, golpea Federici. Esta enajenación del cuerpo de la mujer se produce a través de una serie de dispositivos normativos médicos, reglas de educación social, saberes sobre el cuerpo que son apropiados a las mujeres para el disciplinamiento de la reproducción.

Por último, la apropiación de la potencia protectora. El cuerpo patriarcal está ligado a la protección como función de la fuerza y la seguridad como violencia, oscureciendo la protección como un conjunto de saberes ligados a la autonomía y lo colectivo.

Esta forma de pensar el cuerpo constituye también una forma de pensar la ciudad. Así como el cuerpo de trabajo se mide a través de la abstracción tiempo, que expulsa al tiempo doméstico del ámbito de la producción, así también el metro cuadrado se transforma en el criterio abstracto que homogeneiza la diversidad.

El neoliberalismo piensa la ciudad como el patriarcado el cuerpo, bajo la abstracción de la mercancía.

En segundo lugar, así como el cuerpo de la mujer es cercado por un conjunto de saberes y tecnologías que normalizan la reproducción, el espacio social pensado por el patriarcado es atravesado por una serie de normativas que lo disciplinan y reduce a la función reproductiva (del capital). Códigos, ordenanzas, fuerzas de seguridad y tecnologías de control destinadas a demarcar fronteras en la ciudad, accesos y permisos.

La ciudad del neoliberalismo patriarcal ordena la circulación de un modo lineal de la casa al trabajo y del trabajo a la casa (el cuerpo del hombre), y desconoce otros modos de uso y otros cuerpos que la habitan y la transitan de otra forma (por ejemplo, la recorren poliédricamente, de la casa al jardín maternal, del jardín a cuidar a los padres, al trabajo, al mercado, a la casa).

El cuerpo de Garro 

Decíamos que si algo hay que aprender del Pro es que pensó la ciudad. Frente a una política construida con las herramientas del Siglo XIX (ideología, nacionalismo, pueblo, justicia social), el Pro pensó la política desde el pragmatismo urbanita, la brutalidad permanente de la vida en la ciudad. Sobre esa irritabilidad operó con los conceptos heredados del pensamiento patriarcal y capitalista.

En la ciudad de La Plata, las políticas públicas de los últimos cuatro años se caracterizaron así por pensar a través de la igualdad abstracta del mercado. Frente a esas “rugosidades” del territorio y de la historia platense que son las marcas que lo vuelven más conflictivo pero más singular, el patriarcado neoliberal pasa la aplanadora.

Ciudad country abstracta donde la primacía de la circulación del valor aplana la historia. Ciudad sin memoria, como lo denuncia la ONG Defendamos La Plata, en el uso discrecional de los permisos de demolición con que el Municipio y las constructores que vienen arrasando el patrimonio arquitectónico de la ciudad. Esta práctica llega a la parodia cuando se conservan las fachadas y se levantan por detrás edificios de 14 pisos, pues es ahí donde vemos cómo se piensa la ciudad: como una escenografía que encubre la parcela.

En segundo lugar, la regulación urbana con la que el patriarcado piensa el uso y circulación de la ciudad, en La Plata ha llevado a una proliferación de modos de intervención que enfatizan el control social de los extraños. Más que regular los conflictos urbanos a través de la planificación y la construcción de consensos, lo que prima es una mirada punitivista donde es la vigilancia el instrumento central.

Ya lo sostuvimos aquí en relación al Código de Convivencia y la creación de la Guardia Urbana de Prevención. Sumemos a esto la instalación de las cámaras de seguridad y luminaria led. La ciudad como vitrina y plató. Las cámaras se montan y refuerzan la idea que el delito es lo que sucede en el espacio público y sobre la propiedad privada, determinan los espacios “protegibles” y los no protegibles, jerarquizando y sectorizando la ciudad. Las transformaciones que ha sufrido el presupuesto participativo son significativas también en este sentido. Esta gestión transformó los espacios de participación y debate donde los vecinos armaban el proyecto y luego votaban, en un espacio virtual donde ciudadanos individuales “cargan” propuestas y votan, sin encuentros, sin rozarse, sin conflicto.

 El presupuesto se vuelve un dispositivo racional de elección colectiva, tirando por la borda el verdadero objetivo: la construcción colectiva de una ciudad deseada, el ejercicio colectivo del debate, el encuentro urbano con la diferencia y la otredad.

Finalmente, la cultura de los objetos, la primacía de lo visible por sobre lo vivible, como en un juego infantil. La ciudad como emplazamiento de estructuras y no espacio habitable, decíamos acá. Así, por ejemplo mirando las noticias en la página de la Municipalidad durante los últimos 4 años, de aproximadamente 150 noticias en 4 años, 33 son sobre asfaltado y reestructuración de veredas y ramblas, 6 de puesta en valor de determinadas cuadras mediante maceteros, señalización de zona de estacionamiento, 8 grandes obras hídricas. Solo aparecen dos noticias de intervención en escuelas (la 40 y la 7). Además la mayor parte de la infraestructura (noticiable) está localizada en el centro (10) y zona norte (10), mientras que sur, este y oeste de la ciudad anotan 13 intervenciones noticiables (la mayoría además producto de los presupuestos participativos).

La ciudad de las cuerpas 

La arquitecta y feminista Irene Bilmes, del proyecto Mapas de lo Efímero, decía en una charla que “hemos deconstruido nuestros cuerpos, cómo no vamos a deconstruir la ciudad”. Hoy, en vísperas del 34 Encuentro, posamos la mirada sobre esas mujeres y disidentes que están reconstruyendo la ciudad bajo nuevas corporalidades desbordantes de las cercas impuestas por el patriarcado. La sociedad urbana será modelada por los modos en que el cuerpo está siendo pensado por los movimientos feministas y disidentes. La ciudad de las cuerpas.

Algunas claves de ello están expresándose en los modos en que vemos se organizan alrededor de la futura toma de la ciudad este fin de semana. Con autogestión y autocuidados, el ¡Basta! como grito e identidad, el goce como modo de ocupación.

Frente a la apropiación mercantil de la ciudad, el movimiento de mujeres y disidencias recupera el bien común, los saberes de gestión colectiva de lo común. La ciudad como un todo habitable, donde el valor no es propiedad privada, la autogestión aparece como la forma de gestión colectiva de quienes han sido expropiados de sus lugares en la ciudad: prensa colaborativa, alojamientos comunitarios, peatonales disidentes, colectivas varias (abogadas, etc.) formas novedosas de reapropiarse y transformar la idea de valor y patrimonio.

Frente al control y la seguridad como modos de ordenar la ciudad, el goce y el autocuidado. El goce como modo en las pibas ocupan el espacio político, con alegría, baile, gliter, deseo. El autocuidado como modo de poner patas para arriba la idea de seguridad protectora en la sororidad y solidaridad colectiva. Frente a la violencia como modo de la fuerza colonizadora de la ciudad, un “¡basta!” que, como narra María Pía López, es grito de guerra y contraseña de reconocimiento.

Grito de guerra contra las identidades cerradas, anti patriarcal, anti colonialista, anti racista, plurinacional.

Un basta que es hospitalidad, capacidad de empatizar y dar un lugar a les otres en esta construcción colectiva.


    * Sociólogo de la UNLP. Docente de Sociología de las                         organizaciones y territorio. Autor de "Misceláneas de 
       ciudadanía: La tensión, contradicción y tragedia de lo social".         Miembro del Colectivo de Investigación y Acción Jurídica (CIAJ)

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