La cuarentena, un privilegio de las clases altas y medias

"Comé poquito", le pide Ana a sus chicos en un barrio de la periferia platense. No sabe qué les podrá comprar mañana. ¿Qué pasa cuando la pobreza es más urgente que la pandemia? ¿Se puede cumplir la cuarentena? ¿Llega la ayuda del Estado? El hambre y la falta de insumos para la higiene, el drama de quienes sufren el aislamiento hace rato.



Por Lula Bibini
Fotos Matías Adhemar


—La información sobre el coronavirus está, pero a veces no hay cómo cumplir con lo que dicen porque no hay agua, o alcohol en gel, o jabón, y la plata se pone primero para comer, luego lo demás.

María Luján vive en el Barrio Aeropuerto de La Plata y trabaja como cuidadora domiciliaria, por lo que tiene permiso para transitar por la ciudad. Su ingreso es el único fijo de una familia numerosa. Para poder sortear el aislamiento y la crisis económica decidieron reducir las comidas a una sola, al mediodía, y a la tarde tomar una taza de leche o mate. Cuando se cansan de discutir por el control remoto salen un rato afuera, para calmar el mal humor.

Hace unos días, en la República de Los Niños, se reunió el Comité de Crisis, convocado por el Intendente de La Plata, Julio Garro, y compuesto por distintos arcos políticos, sindicales y sociales, con el objetivo de articular acciones ante el avance del COVID-19. En esa oportunidad, Garro dijo una frase replicada en numerosos medios de comunicación locales: “Debemos llegar a cada rincón donde haya un platense que lo necesite”. Días después, desde el Municipio se anunció que se repartirían 25 mil bolsones de mercadería y dispusieron 10 parroquias como puntos logísticos de distribución, para que “la política no meta la mano”.

El domingo a la mañana se rompió el aislamiento social, preventivo y obligatorio, establecido por el Decreto 297/2020, y la gente se agolpó en las inmediaciones de las iglesias para recibir una bolsa de mercadería que contenía productos básicos como aceite, fideos, arroz, polenta, mermelada, puré de tomate, galletitas, arvejas, mate cocido, harina y lentejas. Las colas superaron las tres cuadras y muchos se fueron con las manos vacías.

—Mi yerno salió en la moto a buscar la mercadería a las 9 y pico de la mañana. Llegando a la 520 lo paró la policía, le pidieron el DNI y le dijeron que se volviera. Él les explicó que iba a pedir mercadería a la iglesia y le dijeron que no, que no anduviera en la calle, que se fuera a la casa.

La que habla es Ana Marotta. Ana tiene 56 años, es cooperativista de Haciendo Futuro y vive en El Retiro, un barrio próximo a Olmos. En su casa conviven cuatro adultos y cuatro chicos. Su casa es uno de esos rincones en donde ocho platenses necesitan ayuda y a donde nadie llegó.

El barrio de Ana es como tantos otros barrios de la periferia platense: hay muchos cooperativistas y personas que, además o solamente, trabajan en casas de familia o en actividades de la economía popular, viviendo el día a día. Como consecuencia del aislamiento social, la situación de todos ellos es desesperante e insostenible.

A veces Ana tiene que decirle a sus chicos: ‘comé poquito’, ‘no comas’, o ‘dejá para la noche’. Su marido llamó tres veces a la Municipalidad para ver si les podían alcanzar una bolsa de mercadería porque están con cuatro nenes: sus hijos y sus nietos. “Te soy sincera, hace poco abrió una panadería y ahí voy a pedir pan”, dice.

Hace unos días, compartió en su estado de WhatsApp un mensaje: “Esta noche hay que atar un trapo blanco en el picaporte de la puerta de entrada para que la peste se vaya. Lo pidió el Papa. Háganlo. Pasa el mensaje a todos los que puedas con fe”.

Viviana Lucero, referente del Plan FinES que funciona en el Club Corazones de El Retiro, cuenta a Perycia que todos están cuidándose y cumpliendo el aislamiento pero que la gente está angustiada por la situación económica:

—He escuchado casos de personas jóvenes, varones, que laburan por ejemplo en albañilería y que han tenido que llamar al SAME a la madrugada, descompuestos, porque les agarran ataques de ansiedad por pensar en cómo van a afrontar la comida del día a día.


En sus casas, sobreviviendo


Según un comunicado del Foro por los Derechos de la Niñez, en el Gran La Plata se registran más de 65.288 hogares en situación de pobreza y más de 16.780 en situación de indigencia.

El barrio San José, de Ensenada, en la zona de El Dique, está constituido por seis manzanas y muchísimas familias. Si bien un gran número de personas trabajan como cooperativistas, la mayoría son cartoneros y viven del reciclaje, por lo que, lógicamente, viven al día.

En ese barrio, en 127 entre 40 y 41, funciona la Escuelita San José, un espacio de apoyo escolar coordinado por la Asociación Civil “Niños del Cartón” donde llegan cada fin de semana 150 niños, niñas y adolescentes de 0 a 18 años a hacer la tarea, compartir el desayuno y a jugar con “las seños”. 

El primer domingo de aislamiento obligatorio, dos de las voluntarias fueron por la tarde a llevar la merienda y lo que notaron es que, a pesar de que la ciudad estaba desierta, en el barrio reinaba una sensación de normalidad que les recordó a los días posteriores a la inundación de 2013. “En esa oportunidad, lo que pasó es que estaban tan acostumbrados a inundarse, que para ellos había sido una lluvia más. Esta vez, la preocupación era que a los adolescentes les habían dado mucha tarea”, cuenta una de ellas.

—Acá cada uno está en su casa, sobreviviendo —dice por teléfono María, vecina del barrio San José.

En la casa de María viven cuatro adultos y tres menores, que juegan en el patio, se pelean y hacen la tarea, aunque ya la terminaron y están esperando que les manden más. En el terreno viven sus siete hijos con sus respectivas familias, y lo mismo hacen todos, llegando a haber casi 200 familias por manzana.

—Los que pueden aún hacen changuitas y, para los que necesitan ayuda, acá funciona un comedor—cuenta.


Barrio San José, El Dique, Esenada. Foto de pibes y pibas de un taller de la Asociación Civil Niños del Cartón

Una respuesta ínfima

A fines de 2019, en la Provincia de Buenos Aires, casi el 40% de la población, unos cinco millones y medio de personas, vivía bajo la línea de pobreza. Actualmente, hay unas 1585 villas y asentamientos georeferenciados en toda la provincia, en donde viven dos millones de personas.

Los datos los dijo Fernanda Raverta, Ministra de Desarrollo de la Comunidad de la Provincia de Buenos Aires y explicó que desde el Ministerio se construyó una red de comedores, merenderos, organizaciones sociales, iglesias y municipios para asistir a los sectores más vulnerables. “La Provincia de Buenos Aires está recibiendo del Ejecutivo Nacional medidas para transitar esta emergencia social y económica de la mejor manera posible”, dijo.

Pero para las organizaciones sociales de La Plata, que lograron luego de intensos reclamos ser convocadas a la reunión del Comité de Crisis llevada a cabo en la República de los Niños, la respuesta fue ínfima y no podrá contener la demanda real en los comedores comunitarios. Además, llamaron la atención sobre la ausencia de funcionarios de Salud: “Entendemos que es un severo error y más en este momento en que el coronavirus avanza y el dengue hace estragos”.

Manuel Fonseca, Médico Generalista, docente y Consejero Directivo de la Facultad de Ciencias Médicas de La Plata, y referente del Movimiento Nacional de Salud “Irma Carrica”, contó a Perycia que tras el anuncio por parte del Presidente de la Nación de las primeras medidas de cara al avance del COVID-19, desde la Municipalidad de La Plata ordenaron cerrar los centros de atención primaria de salud.

—Cuando se dieron cuenta de que era una locura dejar a los nenes sin leche y sin vacunas, a los adultos sin medicación, a las embarazadas sin controles, retrocedieron un poco y hoy están intentando que circule la menor cantidad de gente por las salitas —dice.

En el área programática en la que trabaja Manuel Fonseca junto a sus colegas, en la zona del barrio El Mercadito, el Barrio Nuevo y la bajada de la autopista, la cuarentena se vive, en palabras suyas, de manera “muy laxa”. “Hay condiciones estructurales que impiden una cuarentena como la imaginamos desde el casco urbano", explica.

La situación es más límite para las personas en situación de calle. Martín, un joven que hasta hace unos días dormía en el zaguán de un edificio en la zona de 11 y 60, le contó a Perycia que logró acceder a una bolsa de alimentos, pero que le resulta imposible conseguir productos de limpieza e higiene. En su última historia de Facebook, se filmó en la plaza de 13 y 60, con pleno sol y totalmente vacía.

"No hay una política agresiva en lo territorial por parte del municipio para poder aportar al cumplimiento del aislamiento social en los barrios y hacerle un poco más sencilla la situación a la gente. Ese es el panorama medio dramático”, agrega Fonseca.

Una investigación antropológica

A mediados de marzo, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, organismo dependiente del Poder Ejecutivo Nacional, conformó junto al CONICET y a la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Productivo y la Innovación (Agencia I+D+i), la Unidad Coronavirus COVID-19 para realizar tareas de diagnóstico e investigación. Desde allí, iniciaron un relevamiento del impacto social de las medidas de aislamiento.

Mariana Chaves, Licenciada en Antropología, Doctora en Ciencias Naturales, profesora e investigadora del CONICET en el Laboratorio de Estudios en Cultura y Sociedad de la Facultad de Trabajo Social (UNLP), realizó el 24 de marzo un relevamiento en el Barrio Aeropuerto del Partido de La Plata, un barrio con infraestructura y servicios deficientes, en donde viven trabajadores de la economía popular, personas asalariadas y también familias en la indigencia.

—Uno de los principales inconvenientes que tenemos es el tema de cómo asegurar acceso a la comida, a la información y a otras cosas necesarias en gran parte del barrio en el que que no entra nada, que no hay ni calles, porque son caminos para los carros nomás. ¿Cómo hacer ahí? —pregunta Nicolás, vecino y docente de una escuela secundaria de Barrio Aeropuerto, en la entrevista para el relevamiento—. En esos lugares, las familias o las personas que están solas con los hijos, principalmente mamás, se están juntando para pasar la cuarentena más acompañadas y compartir lo poco que hay. Se van turnando, o van a la casa en la que hay agua, porque no hay agua en todas.

La mayoría de los ingresos fijos de las familias provienen de las mujeres que trabajan como cuidadoras, y muchas de ellas en el Barrio Aeropuerto son cuidadoras domiciliarias, lo que es mejor que ser cuidadoras de mayores porque las contratan por medio de una agencia y eso les asegura la continuidad en su trabajo ante la situación de aislamiento social.

En la mayoría de los hogares hay un solo teléfono con acceso a internet y, la mayoría de las veces, las tareas que los docentes envían en el marco de la continuidad pedagógica no las pueden resolver o descargar. Algo parecido ocurre con los programas educativos de televisión, ya que en algunas casas hay un solo televisor y muchas personas para usarlo, o no tienen cable y contratan el prepago de Direct TV o usan el decodificador de TV digital.

Desde el Centro de día Casa Joven B.A, Obra del Padre Cajade, están gestionando la entrega de los cuadernillos impresos de la Dirección General de Escuelas, para poder facilitar la continuidad pedagógica.

— El problema es que también hay una negación de estar en las escuelas y es imposible la virtualidad en estos contextos —dice Mariana—. Es un error y un desconocimiento de la vida cotidiana de los más pobres.

Para Mariana existe "una hegemonización de la vida en cuarentena de la clase media y alta". Y así lo resume: “Hay un sistema estructurado que es absolutamente desigual, y en los barrios hay tres cuestiones básicas que atender: qué comer, cómo entretener a los más chicos, y cómo mantener la higiene”.

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