Chicha y los pájaros


A dos años de su partida, el periodista y biógrafo Laureano Barrera homenajea a María Isabel Chorobick de Mariani con un texto sobre su vida con las aves. 


Texto: Laureano Barrera
Fotos: Matías Adhemar 
20/08/2020

La conversación sucedió un día impreciso de 2017, cuando Chicha Mariani anunció con mucha seriedad que su espíritu siempre había estado anudado con el de los pájaros. Solía sacar conclusiones así, rulfeanas, y los recuerdos de su infancia se poblaban de personajes dignos de las novelas latinoamericanas del ‘60. Fue Juan Chorobick, el polaco melancólico y parco que había sido su padre, quien le había enseñado a quererlos. 

—Al alba, después de cebarle los primeros mates a mamá —recuerda Chicha, recostada sobre su cama—, mi padre abría la pajarera y las aves revoloteaban por la galería de la casa. 

Chicha vivía en Rama Caída, un caserío de las afueras de San Rafael, en la provincia de Mendoza. Desde niños, ella y su hermano Blas juntaban los pichones que caían de los nidos y los alimentaban hasta que podían volar. Siempre había alguna catita, urracas o pitojuanes. Lo malo era que Chicha también podía sentir sus miedos. Por eso recordaba con inexplicable angustia las tres torcazas que había en la jaula la tarde que el volcán Quizapú entró en erupción. Era un domingo de 1932, habían empezado a llegar las cenizas desde el otro lado de los Andes, y el ánimo de sus pájaros se había oscurecido con la velocidad del cielo. Estaban juntando las cosas para dejar la casa cuando Juan la vio queriendo cerrar la pajarera, y la frenó en seco: poné picadillo de huevo en el plato y dejáles la puerta abierta, le dijo. Así, si las aves se sienten más seguras abandonando el nido, pueden echar a volar.

—Yo creo que todas las personas están muy cerca de algo o de alguien, así como yo estoy cerca de los pájaros —conviene Chicha—. Será quizás la influencia de papá, que nos llevaba a buscar nidos por los cerros, en el campo, y a no tocarlos. 

Siempre recordaba a su padre con reverencia. Pero había terminado de entender su consejo de la jaula abierta cuando tuvo que aplicarlo con su hijo, una mañana sórdida de 1976. A veces Daniel la acercaba hasta el Liceo Víctor Mercante –el colegio de La Plata donde daba clases de Arte- en su Citroneta castigada, y a ella le daba vergüenza que la vieran bajar. Hacía algunos meses que visitaba vendada la casa de la calle 30 donde él vivía, pero se negaba a aceptar que su hijo y su nuera fueran parte de esos jóvenes que el Ejército y la policía llamaban “extremistas” y asesinaban a sangre fría en cualquier esquina de la ciudad. Por eso quiso sacar el tema por última vez. 

—¿Cómo puede ser que no se cuiden? —le dijo desde el asiento del acompañante—. Tu papá me volvió a llamar de Roma, el otro día. El departamento nuevo ya está acondicionado para que se vayan con Diana hasta que las aguas se calmen.

Daniel seguía manejando, mirando la calle, en silencio. Ella interpretaba sus convicciones ideológicas como terquedad, incluso como desidia. Sintió que era el momento para ir a fondo si quería hacerlo recapacitar.

—Yo no te di la vida para esto —dijo al borde del llanto—. Para sufrir de esta manera.

Su hijo frenó el auto con una maniobra brusca. Estaban en la esquina de la escuela. La miró a los ojos sin soltar el volante.

—¿Me la diste o me la prestaste, mamá?

Chicha no dijo más. 

Trece años después, una de las últimas tardes de 1989, repiqueteó el teléfono de su casa, en Gonnet. Chicha acababa de renunciar a la presidencia de Abuelas de Plaza de Mayo. Al otro lado de la línea le avisaban que el cuerpo del hijo de Juan Gelman había aparecido en la morgue de un cementerio. El periplo del hijo del poeta había sido tenebroso: secuestrado y llevado junto a su novia embarazada en el centro clandestino Automotores Orletti, asesinado de un tiro en la sien, y tirado su cadáver al Río Luján en un tambor relleno con cemento y arena.

La consuegra de Gelman, María Eugenia Cassinelli, era una de las doce fundadoras de Abuelas. Chicha había empezado a llorar justo cuando vio a través de la ventana del living que una urraca se posaba en la piletita, debajo del níspero florecido, y chapoteaba en el agua del cuenco. Después se sumaron otras; eran una familia entera. Se quedó contemplándolas unos segundos y sintió una emoción profunda, parecida al alivio, porque ver pájaros jugando en el agua siempre le traía consuelo.

—Cuando me han tocado épocas muy tristes, muy feas, no digo que pienso en eso, pero hay pájaros que vuelan dentro de mí y me ayudan a seguir —dice en un susurro la tarde en que habla de las aves—. No es visible, no los palpo, pero los siento.

Después hace un silencio frágil y corto, apenas suficiente para redondear los alcances del recuerdo. Y agrega: 

—Están.


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