Buscando a López

¿Qué espacio ocupar para reclamar por Julio López? A 14 años de su segunda desaparición, habrá marchas pero también acciones en la web y las redes sociales, donde parte del activismo debió mudarse este año por la cuarentena. La historiadora del Arte Magdalena Pérez Balbi reconstruye el antecedente de LULI, el colectivo artístico que inventó un juego por Facebook para visualizar la lucha, exponer la impunidad y desafiar la estética militante.




Por Magdalena Pérez Balbi*
18/9/2020


Proyectorazos, tuitazos, hashtags... el activismo artístico se mudó del espacio público (urbano) hacia internet, espacio que habitamos cada vez más. Es que desde que se inició el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), parte de la movilización social se trasladó a las redes, y con ella las intervenciones creativas que suelen poblar las marchas y concentraciones de todo tipo.

Sin embargo, en La Plata, hace ya una década, cuando no había restricciones de circulación y las calles estaban repletas de intervenciones, el colectivo artístico LULI se propuso reclamar la aparición con vida de Jorge Julio López realizando una acción en Facebook, un espacio que parecía alejado de toda discusión política "seria". LULI diseñó un juego y lo repitió en tres ediciones: dos en 2010 y una en 2011. 

Desde la segunda desaparición de J.J López, testigo clave en el juicio que condenó a Etchecolatz en 2006, la movilización en reclamo por su aparición con vida, y luego por la investigación y castigo a los culpables, estuvo siempre acompañada de múltiples intervenciones artísticas. La parafernalia visual y gráfica se ha desplegado en banderas, volantes, pegatinas, figurones gigantes, en el rostro de López fotocopiado y reproducido mil veces en diversos soportes, en las bombitas rojas sobre la Casa de Gobierno, en velas y antorchas e incluso en performances participativas. Todo imbricado en canciones superpuestas entre murgas y tambores. La periodicidad de una movilización mensual (entre 2006 y 2009) y luego anual (con el aniversario de la desaparición, cada 18 de septiembre) implicaba una pluralidad de intervenciones, cuyos lenguajes y semiótica se fueron complejizando.

En 2010, LULI diseñó y programó la primera versión de Buscando a López, un juego online inserto en la red social Facebook. 

El juego retomaba reminiscencias de Wally, el personaje infantil que había que encontrar entre la muchedumbre de las páginas de sus libros, identificándolo por sus atributos: el gorro rojo, los anteojos y la remera rayada. En lugar de buscar a Wally, los usuarios del Buscando a López debían encontrar al testigo en distintos escenarios urbanos del presente y el pasado. En todas ellos, el cursor indicaba donde detenerse para que se abriera un cuadro de diálogo (a modo de pop-up) con información. Estos recuadros habilitaban dos opciones: “Conocé más”, que reenviaba a documentos, notas o páginas web con más información de cada ítem, y “Compartir en el muro!”, que replicaba como posteo en el perfil del usuario el recuadro que estaba viendo, por lo que esa información se propagaba por fuera del juego.

Las dos primeras ediciones tomaban distintos momentos de la vida de López: en la primera (septiembre 2010), que replicaba la estética de los libros de Wally, cada espacio remitía a un aspecto de la causa judicial de su segunda desaparición (juzgado a cargo, responsabilidades políticas, testigos, allanamientos, pistas, movilizaciones). En la segunda versión (octubre 2010) el ícono del sombrero de Wally, repetido en la fotografía intervenida de la movilización de organizaciones peronistas a Plaza de Mayo en 1974, indicaba posibles ventanas que abrían a fragmentos de la historia de militancia peronista de López, su secuestro y detención-desaparición de 1976. 

Ambas ediciones se publicaron con un mes de diferencia, y apuntaban, en principio, a dar a conocer el estado de la causa judicial, a partir de un lenguaje accesible y con datos específicos. Evidenciaba la lentitud de la investigación, junto con la ineficacia y escasa voluntad política por “encontrar a López”. Desde una mirada crítica del proceso, acorde al posicionamiento de la Multisectorial y de HIJOS La Plata, la información daba cuenta de que, a cuatro años de la desaparición de López, no había indicio alguno de que se fuera a dar con su paradero ni determinar y juzgar a los culpables. La implicancia (no investigada) de la Policía Bonaerense, las pistas falsas, la demora en la recaratulación de la causa (de “averiguación de paradero” a “desaparición forzada”), la complicidad (a partir del silencio) de la cúpula política (provincial y nacional) son algunos de los aspectos que aparecían en el juego. 




Las ampliaciones y derivas de las tres ediciones de Buscando a López responden a debates sobre las posibilidades del juego pero también a la coyuntura política. Si la primera edición buscaba hablar de la ineficacia de la causa y del silencio (oficial) como estrategia de impunidad, la segunda reponía la imagen de López como joven militante peronista.

La tercera versión (septiembre 2011) trabajaba sobre otras desapariciones en períodos de legalidad constitucional, producto de la violencia institucional (Cacique Pincén, presos del Servicio Penitenciario Bonaerense, detenidos por el asalto a la Tablada) y policial (Luciano Arruga, Miguel Bru, Rubén Darío Jerez), la desigualdad social (Diego Duarte) y las redes de trata (Marita Verón). En este caso, la ventana que se abría hacía referencia a quién buscaba a esa/s persona/s (familiares, compañeros, comunidades). De esta manera, el juego, en su versión 3.0, anclaba a la segunda desaparición de López en otras búsquedas no resueltas. En todos los casos, el Estado aparecía como responsable directo o, al menos, cómplice por negligencia. 

La fuga de la estética militante


En los 4 años entre la desaparición de López y el desarrollo del juego de LULI, el López-ícono se incorporó en el escenario urbano, producto de la repetición de su figura en múltiples formatos, con el objetivo de visibilizar el reclamo y aprovechar la potencia de la imagen como presencia. Había dejado de ser una imagen del disenso, una imagen contrahegemónica, para integrarse al paisaje urbano. 

La estrategia para una producción crítica (desde el arte o de otra disciplina) no sería, entonces, dejar de decir (no reproducir más el rostro, no graffitear más las consignas, no organizar más movilizaciones) sino decir diferente. En este sentido, LULI planteó en repetidas ocasiones la necesidad de salirse de una “estética militante”, de un tipo de imagen aceptado por formatos y pautas de producción que configurarían estéticas de solemnidad. Esta fuga de la estética militante implica huir de la paleta tradicional de la izquierda (rojo y negro) y de sus íconos-fetiche (la estrella, el puño, el rostro del Che), la tipografía rígida y los lemas grandilocuentes para explorar otras visualidades no ligadas históricamente a los repertorios gráficos de lucha.

LULI se separó (o se transformó) a fines de 2011, producto de la desarticulación de una trama de militancia y complicidades que la sostenía.

En 2016, sus integrantes se reunieron para intervenir nuevamente en torno a la desaparición de López pero en una coyuntura distinta: primer año de gobierno de la alianza Cambiemos, recrudecimiento de las políticas represivas y de persecución de la protesta social y varios pedidos de beneficio de prisión domiciliaria para Etchecolatz. El clima político propiciado por el nuevo gobierno de Mauricio Macri, alentó el otorgamiento de prisiones domiciliarias a condenados por delitos de lesa humanidad que superaran los 70 años de edad y cuyas condiciones de salud lo ameritaran. En ese marco, y con una importante jurisprudencia a su favor, la defensa de Etchecolatz solicitó la prisión domiciliaria por las diferentes causas en las que había sido procesado y condenado. 

A la efeméride de una década sin López, sin pistas posibles de dar con su paradero y con una causa judicial estancada, se sumaba entonces la posibilidad de que el genocida Etchecolatz pudiera abandonar el penal. Esta coyuntura, casi explosiva, encontró a los (antes) integrantes de LULI activando en distintos espacios, transitando situaciones biográficas disímiles, pero con la necesidad de re-unirse para intervenir en esta fecha específica.

LULI como enunciador, retomaba el capital político, e incluso la trama de lenguajes en la que se insertaba, no como una continuación extemporánea, sino como una reaparición que recuperaba esos espacios pasados. No era LULI sino LULI zombie. 

Paralelamente, por presencia en la agenda mediática hegemónica, el López en boca de todos era José F. López, Secretario de Obras Públicas de la Nación entre 2003 y 2015, detenido in fraganti escapando con una cuantiosa suma de dinero en el Gran Buenos Aires y procesado por enriquecimiento ilícito. Esa excesiva visibilidad de José López hacía más evidente la invisibilidad (de la agenda mediática y política) de Julio López, y a su vez, obligaba a re-pensar estrategias para “volver a hablar de nuestro López”. 

Entre las alternativas de lo posible se llegó a Angry López, como parodia de Angry Birds. En la misma línea crítica de los Buscando a López, el juego ponía en contexto la posible prisión domiciliaria de Etchecolatz. La portada no sólo recordaba la (triste) efeméride que lo motivaba, sino que mencionaba la cantidad de represores (condenados o en prisión preventiva) que ya gozaban del beneficio de prisión domiciliaria. A contramano de un discurso generalizado (y no por eso menos atinado) respecto del “cambio de época” en las políticas de Derechos Humanos y su evidencia en el accionar judicial, el juego hacía hincapié en los antecedentes judiciales de este beneficio, otorgados durante los gobiernos kirchneristas. 

El juego consistía en que López lanzara, con una honda, bombas molotov a la casa de Etchecolatz. Si lograba derribarla, el jugador “ganaba” porque escrachaba a un represor con el beneficio de la cárcel domiciliaria. De lo contrario, “perdía” porque “la justicia protege a los represores” y sólo se indicaban los datos de la causa (sin el domicilio del represor). Al igual que en los Buscando a López, se podía compartir esta información o continuar jugando. 

LULI zombie mantenía la actitud irreverente de desacralizar a López, ahora dibujándolo bizco, para emular a los pequeños pajaritos furiosos del juego original. 

Cuatro años después, la causa judicial sigue acumulando fojas sin resultados, el nuevo aniversario de la desaparición de López llega en medio de la pandemia y prácticamente obliga a volver a mirar a aquellos territorios digitales que hace una década el colectivo artístico LULI optó para Habitar, Crear y Confabular.

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Sobre el libro


Habitar / Confabular / Crear. Activismo artístico en La Plata, recorre experiencias locales de articulación del arte y la política de las últimas décadas. La investigación indaga en tres casos: las prácticas inmersivas de Ala Plástica, los escraches a genocidas y centros clandestinos de detención de HIJOS La Plata y la Mesa de Escrache Popular, y las acciones online de LULI por la desaparición de J.J. López, pensándolos desde las tramas político-afectivas de las que forman parte y en las que se fundan sus estrategias y modos de hacer. 

¿Dónde se consigue? 

Puede adquirirse mediante envíos de la librería de Edulp. Contactarse por redes (IG: @edulp / FB:Edulp. Editorial de la Universidad Nacional de La Plata) o por mail: libreriauniversitariaedulp@gmail.com. 

* Magdalena Pérez Balbi es docente en la Facultad de Artes y el Bachillerato de Bellas Artes “Francisco A. De Santo”, ambos de la Universidad Nacional de La Plata. Formada en Historia de las Artes Visuales (UNLP), este libro es una adaptación de su tesis doctoral en Ciencias Sociales (UBA).

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