Oíd el ruido de rotas cadenas

Correr porque una amiga llama llorando retorcida en la oscuridad de la pieza, sentirse sola, conseguir pastillas clandestinas, subirse a una marea verde, sentirse acompañada. Como testimonio de una generación, la periodista de Perycia Lucrecia Bibini retoma la crónica que dejó inconclusa hace dos años, desde el mismo Honorable Senado y con una plaza igual de brotada. El llanto y el grito ahora es otro.


La marea verde, vigilia del 29/30 de 2020. Foto: Daiana Panza


Por Lucrecia Bibini
Fotos: Daiana Panza
Publicada 31/12/2020

En 2018 desembarqué en Perycia con una cobertura sobre la vigilia en el Senado, una crónica llena de épica y descripciones emotivas bajo la lluvia helada de ese agosto.

En esa oportunidad, los senadores, al rechazar el proyecto, no previeron que, contrariamente a apaciguarse, el movimiento feminista se organizaría aún más por la legalización del aborto, señalando a cada unx de lxs senadorxs y candidatxs que nos habían negado la conquista. 

Escribo con un pie en esa crónica que titulamos “¿Quién les quita lo luchado?” (esa vez escribí en tercera persona, ahora me es imposible) mientras apoyo el otro en estas líneas: tenemos ley y tipeo el número en letras para que se grabe lento: Ley veintisiete mil seiscientos diez. Cerramos el 2020, el año que pasará a la historia como el de la pandemia, ampliando derechos para las mujeres y personas gestantes (escuchar a senadores hablar de cuerpos gestantes también es parte de nuestra lucha). 

*** 

2012

Me instalé de urgencia en la casa de una amiga para acompañar su interrupción de embarazo. Yo estaba preparando un parcial y me llamó por teléfono llorando porque sentía mucho dolor y se había quedado sola. Corrí las pocas cuadras que nos separaban. Estaba retorciéndose en la cama, con la luz apagada. Quería que hubiera alguien pero también quería estar sola así que me senté en la cocina y me puse a estudiar. Se levantó al baño y la escuché gritar y llorar. Lo había expulsado.

2015

Me llaman llorando y ya sé. Ya sé cuándo se llora por miedo. Esta vez viajé a Capital a comprar misoprostol porque conozco a alguien que laburaba en una cadena de farmacias conocidísima y me hizo la "gauchada". Me dijo que las podía hacer pasar como faltante en el cierre del día. También me hizo un descuento. No supe cómo agradecerle. En ese momento ni siquiera imaginaba que esta vez el proceso iba a ser larguísimo: No funcionó. 

No sabíamos a quién consultarle. Llamé a muchas personas que no supieron qué decirme. Agoté las posibilidades de búsqueda en google. Conseguimos a quién comprarle misoprostol de nuevo y me citó frente a un edificio que conozco tan de memoria que podría entrar con los ojos cerrados y llegar a donde sea. Fui con un amigo que me dijo que la movida se sentía más ilegal que comprar droga. Cuando el pibe se acercó, lo reconocí. Él no sabía quién era yo. Tiempo después le escribí un texto, un relato cortito, lo busqué en facebook y se lo mandé. Me respondió que le encantó. 

Esa vez tampoco funcionó. Nos movíamos por la vida con un aura de miedo y angustia. Nos habíamos resignado porque no sabíamos a quién acudir ni qué hacer. A los meses lo expulsó naturalmente. La médica de una clínica privada que había hecho la ecografía nunca nos dijo que no tenía latido. 

2019

Anuncios sin llanto. Sabemos a quién recurrir. Aunque sigue existiendo el terror y la angustia de la clandestinidad, contamos con profesionales de la salud que brindaron respuestas hasta el final. Estamos en la Provincia de Buenos Aires, vale aclarar. Nótese que, a diferencia de los párrafos anteriores, esta vez hablo en plural. Esta vez es acompañamiento colectivo y no sufrimiento en soledad. 



2020 

A mediados de diciembre charlaba con amigos en una esquina y me preguntaron si para mí la ley salía. No me animé a decir que sí y dije que estaba difícil. Tenía información sobre lxs senadorxs indecisxs, que en ese momento eran 6. En esos días internaron a Menem. Iba actualizando el poroteo en mi mente. Viajé a pasar Navidad con mi familia (Navidad: what a concept! en este momento) y volví directo a meterme en la marea verde. 

Días antes del 29 circuló la consigna “Sale si salís”, polémica si consideramos que las muertes por covid19 crecen día a día y estamos transitando las fiestas fin de año, lo que implica aumento de contagio. Pero, ¿cómo hacía para no estar presente estando cerca y viviendo sola? 

Este año me encontró trabajando en una oficina desde la que veo el Congreso y la plaza por los ventanales. Recorrí las calles minadas de efectivos policiales y me saqué el pañuelo de la mochila para pasar por la esquina de la oficina donde estaban los celestes y así poder entrar al edificio. No quería hacer absolutamente ni un movimiento que pareciera provocación, porque así funcionan ellos. 

A la tarde bajé y recorrí las calles aledañas al Congreso. En los primeros 50 metros empecé a llorar. Sobre Avenida Rivadavia había un clima de venta ambulante, manteras, movimientos sociales como La Poderosa, candombe, organizaciones políticas, espacios de Educación Sexual Integral. Avenida Callao era más una especie de pool party sin pileta y con barbijos. Escenarios con música, fiesta, glitter, cerveza, las sonrisas que se mostraban en los ojos achinados y los gritos de la alegría que no pudimos experimentar este año. 

No seguí mucho la sesión, que se transmitía por las pantallas, pero cuando vi a Lucila Crexell, senadora neuquina, me acerqué a escucharla. Ella era una de las indecisas, en 2018 había votado por la abstención por considerar que la ley era inaplicable en la realidad, y, si bien se contaba con que esta vez podía apoyar el proyecto, no era seguro y no se la podía contar como afirmativo. 

Cuando dijo que acompañaba le mandé un mensaje a una amiga que estaba viniendo al Congreso: “Crexell acompaña, la ley sale”. No esperaba tanta diferencia, ese 38 a 29. 


El grito, los abrazos y el llanto de las cuatro y doce minutos de la madrugada del 30, son el ruido de nuestras rotas cadenas. Se termina la clandestinidad en la interrupción de nuestros embarazos no deseados. Se termina llorar por la incertidumbre. Se termina el miedo de ir presas. Se terminan los métodos inseguros por no poder acceder al misoprostol. Se terminan las muertas por abortos clandestinos. Nos quedan las redes y la organización. 

No guardemos el pañuelo. Tenemos que asegurar su implementación. ES LEY.

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