Nos entrarás por el cuerpo

 Una tarde lluviosa de sábado se presentó "No siempre se puede entrar y salir por la misma puerta", el libro póstumo de Patricia Chabat. Militante desde los setenta hasta su fallecimiento, sobreviviente de los centros clandestinos de detención, madre de tres hijas y abuela de tres nietos, escritora apasionada, ninguna de esas condiciones la trajo hasta esta nota. Quizás fue el tiempo, y este modesto adiós.




Por Laureano Barrera

2/10/2021

Ayer a la tarde, no del todo por azar, me crucé –por tercera o cuarta vez- con el cuento que Eduardo Sacheri tituló: “Me van a tener que disculpar”. La frase encierra en sí misma la pista de algo que vendrá. Para mayor detalle: es la advertencia de un desacuerdo, el aviso de que la oración siguiente carga con una idea que se dará de bruces con todas las demás. “Me van a tener que disculpar, pero yo no lo creo”. O: “Me van a tener que disculpar, pero no opino lo mismo que ustedes”. O aún más tajante: “Disculpen, pero lo que dicen no es cierto”. El cuento de Sacheri habla de Maradona, del par de goles eternos frente a Inglaterra, de la Guerra de Malvinas cuatro años antes, y de cómo esa ínfima venganza deportiva le hizo contraer una deuda para siempre con él. Las disculpas son para las lectoras y lectores: después de aquella tarde en el Azteca, confiesa, nunca lo pudo volver a juzgar. 



La trama de ese cuento sublime y la sustancia de este fraseo deslucido tienen un elemento en común: el reconocimiento de que la emoción, si es profunda, puede anular la razón. Y de que, de alguna manera, es saludable que sea así. Porque la conveniente distancia con la fuente, la sagrada tercera persona del singular, el punto de vista equidistante, la supuesta deseable neutralidad: todo se puede ir al carajo en una tarde de lluvia como ésta. 

Y aunque las referencias temporales y climáticas es otra de las reglas que va en contra de los manuales periodísticos (porque se supone que este texto seguirá aquí en días soleados del futuro), es otra de las licencias que esta vez me voy a tomar. Porque hoy, sábado 2 de octubre de 2021, llueve, y quizás sea un asunto de justicia poética que se desplome el cielo cuando en unas horas más se presente, de manera póstuma “No siempre se puede entrar y salir por la misma puerta”, el último libro de Patricia Irene Chabat. 




Patricia fue sobreviviente de los centros clandestinos de la última dictadura militar; asistente a casi todos los juicios contra los genocidas; testiga, ella misma, en el debate donde se condenó a los protagonistas del terror en Bahía Blanca, al sur provincial. Pero no es su condición de sobreviviente, ni su presencia en las manifestaciones callejeras de cuanta causa consideraba justa, ni su rol de amorosa madre de tres hijas ni abuela de tres nietos, ni siquiera su pasión de escritora ni que haya partido un día de 2020, es lo que la trae hasta acá, hasta esta agencia de noticias judiciales. 

Lo que te trae hasta acá, Pato, no es otra cosa que el tiempo. Y agrego -siendo un poco egocéntrico, lo sé-, el tiempo que me faltó con vos. Porque si algo sabemos los que te quisimos tanto es que para vos el tiempo llegó mucho antes de lo que debía llegar. Y para nosotros también. En el mencionado cuento “Me van a tener que disculpar”, también hay un alegato contra el paso del tiempo. Sacheri lo acusa, lo señala, lo desnuda: “El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedara ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros los mortales”. 


Los doce años que compartimos están llenos de esos momentos imborrables, pero no puedo elegir uno por sobre el resto porque ninguno es crucial. No vivimos goles a Inglaterra. Pero la memoria me trae cada vez más seguido, en cualquier momento y circunstancia, aquellas pequeñas rutinas con vos: una sensación de abrigo, de suspensión del tiempo, de bienestar, en aquellas mañanas en que charlábamos en tu cocina de Gonnet. Sobre programas radiales en AM –a vos te gustaban Pablo Caruso y Marcos Citadini, como a mí-, literatura o política –solíamos coincidir bastante-, y sobre las cosas de todos los días, pero sin renunciar nunca a la profundidad. Tenías una virtud casi única, te juro: sabías qué palabras era la perfecta para volver las cosas a su lugar.

En 2009, unas semanas después de que presentaste tu novela “De cuerpos ausentes”, te invité a casa y te entrevisté para la revista "La Pulseada". Hacía unos meses que tu hija mayor era mi compañera, y la distancia entre entrevistador y fuente no existía más. Para sumar contraindicaciones, nuestro vínculo no era el de simples familiares políticos, porque yo, verdaderamente, ya te había empezado a querer. Te pregunté por el libro y por tu historia, y me contaste con franqueza pero sin indulgencia ciertos episodios dolorosos de tu vida, ocurridos antes y después de tu paso por el centro clandestino de detención: tu infancia como pupila en una escuela rural bilingüe administrada por dinamarqueses, la ripiosa relación con tu mamá, la militancia en una organización armada, el secuestro y la tortura y la vejación, el aprendizaje de la cárcel y el exilio patagónico durante tu primer embarazo y ese terror contante –estabas bajo régimen de libertad vigilada- de que te quitaran a tu hija a poco de nacer. 




Pero como en el cuento de Sacheri, el tiempo no se detuvo. Ni en aquél 2009 en que te entrevisté, donde todo parecía resplandecer, ni en ninguno de los momentos felices que ocurrieron después. En aquella charla, casi como un juego, te propuse buscar las similitudes con los personajes de tu novela. Mencionaste a Fermín, el protagonista, un pibe secuestrado en una barriada de Ensenada, y a Clarisa, una militante, pero encontraste un rasgo en la Abuela Candelaria, la anciana portuguesa de afanes espiritistas, que me cautivó más: “Eso de sentir las presencias o darme ese tipo de explicaciones, aunque sepa que no son ciertas, que son más bien consuelos. Es raro lo que te voy a decir, pero yo siento, cuando alzamos el puño y gritamos ‘30.000 compañeros desaparecidos, presentes’, que vuelven, no sólo que están ahí, con nosotros, sino que nos entran en el cuerpo. No puedo explicarlo, pero es así. Y entonces no sé si es que una parte de mí se quedó para siempre en ese infierno, o si es la presencia de ellos la que ronda entre nosotros”.

Pasaron doce años desde aquella conversación, y es asombroso que vuelvas a encontrar las palabras adecuadas para llenar el vacío que dejaste acá. Dentro de un rato se reunirán todos tus afectos en Ensenada, tu patria por opción, para asistir a la presentación del libro que no pudiste presentar por esa enfermedad que nos dejó sin vos. Nos entrarás por el cuerpo, Pato, te sentiremos en la piel, y nos daremos los primeros abrazos colectivos después de lo peor de la peste, en tu memoria, como debe ser. 

De modo que los lectores y lectoras van a tener que disculparme, porque esto no se parece nada al periodismo ni a un artículo sobre justicia aunque vos, Pato, hayas dedicado toda tu vida a exigirla. Como decís, no siempre se puede entrar y salir por la misma puerta: los que tuvimos la suerte de conocerte lo sabemos muy bien. Y no te preocupes, que a pesar de la melancolía que flotará en el aire, ésta será una tarde para celebrarte, como hubieras querido, y tus hijas y tus amigas y amigos, y tu compañero, cumplirán tu último deseo de leerte entre muches, entre todes, una vez más.



*LA PRESENTACIÓN SE REALIZA EN EL EDIFICIO ISLAS MALVINAS DE ENSENADA, en calle La Merced entre Horacio Cestino y Alberdi. Sábado 2 de octubre, 18 horas. 

Compartir

Artículos relacionados