El grito rebelde en la Bahía del Silencio

La vida del referente de la APDH bahiense, Eduardo "Chiquito" Hidalgo es un ejemplo de cómo la Memoria forja la Verdad y persigue la Justicia. A un año de su partida, recordamos las batallas que peleó y siguen marcando el camino. La grabación de su testimonio se reproducirá en el juicio por la Megacausa Zona V que empezó en febrero y es uno de los mayores debates por delitos de lesa humanidad realizado en la provincia. 




Por Diego Kenis

Ilustración: Juan Bertola

24.3.2022

El fiscal Miguel Palazzani nunca olvidará cuando lo vio por primera vez. Recién llegaba a la ciudad y le habían anticipado la visita. El nombre no le era desconocido: para entonces, Eduardo Alberto Hidalgo llevaba un cuarto de siglo como referente de las luchas de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Bahía Blanca. Sí se sorprendió cuando —tiempo después— supo cómo lo conocían en confianza: aquel “Chiquito” de dos metros que cruzó la puerta con “ese porte imponente” no condecía con su apodo. 

Corría 2013. Palazzani y su par José Nebbia tenían por delante el desafío de continuar el trabajo de persecución de los delitos de lesa humanidad que iniciaron los fiscales Hugo Cañón y Abel Córdoba. Ampliaron las acusaciones contra los uniformados y apuntaron a la participación civil en el genocidio. “Cuando imputamos a (el empresario Vicente) Massot y avanzamos con otras cuestiones pendientes, las cosas se habían puesto feas para gente que además no era de la ciudad. Y cada vez que mirábamos al lado, ahí estaba Eduardo”, graficó Palazzani.

Nueve años después, Bahía Blanca transita su primer juicio a represores sin la presencia física de Eduardo Hidalgo. Sobreviviente de dos secuestros e hijo, hermano y cuñado de víctimas de la persecución dictatorial, “Chiquito” no está en la sala del juicio por la Megacausa Zona 5 por crímenes en el V Cuerpo de Ejército. Pero el debate volverá a incluir el tratamiento de los delitos que se ensañaron con su familia y con él. 

Bahía Blanca transita su primer juicio a represores sin la presencia física de Eduardo Hidalgo.

En el sur bonaerense todavía cuesta acostumbrarse a su ausencia. “Chiquito” falleció el 17 de marzo de 2021, a pocos días de un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1976, y la noticia conmovió a una militancia que lo tuvo como referencia desde los 80, cuando junto al también fallecido Ernesto Malisia encabezaron la APDH local. 

La carta y el verdugo

Bahía Blanca, 1976. El hombre, de debates y chistes igualmente espontáneos, trabajaba como administrativo y adhería al peronismo, aunque sin pertenencia orgánica. Vivía junto a su compañera y su hijo. Su hermano Daniel y su cuñada, también peronistas, militaban activamente y eran buscados por el aparato genocida. 

Una madrugada de septiembre un grupo armado secuestró a Eduardo. Lo trasladaron a un centro clandestino que dependía de la Policía Ferroviaria. En ese lugar, en cercanías de la principal estación de trenes bahiense, estuvo alrededor de quince días. Interrogado bajo torturas, tejió una historia ficticia para dar tiempo a que su hermano y su cuñada pudieran salir de la ciudad, tal y como habían acordado en caso de que él fuera secuestrado. 

Un mes después de su liberación recibió un recado de Daniel, que seguía en Bahía Blanca. El mensajero se llevó como respuesta una carta en la que Eduardo relataba lo vivido. 

El 9 de noviembre, el aparato represivo arrancó a Eduardo nuevamente de su hogar. Aquella carta fraternal y compañera había caído en manos genocidas. Lo supo cuando uno de los custodios del infierno, el suboficial Santiago Cruciani, se la leyó. “A tu hermano ya lo vamos a encontrar”, amenazó el torturador que también solía hacerse llamar “Mario Mancini” y se ufanaba de ser experto en interrogatorios. 

Aquella carta fraternal y compañera había caído en manos genocidas.

La mediática complicidad 

Cinco días después de este segundo secuestro, en medio de periódicos tormentos, el televisor que usaban los guardias acercó a Eduardo la voz de José Román Cachero, portavoz oficioso del mundo castrense. 

En el canal 9 local, vinculado a la familia Julio-Massot, el presentador descargaba sobre su audiencia una de las tantas narraciones de enfrentamientos fraguados. La dirección impactó en sus oídos. Registró el dato y más tarde lo ubicó en el mapa de su vida: era el domicilio de su abuela. Allí habían sido asesinados Daniel y Olga, embarazada de seis meses. 



La Nueva Provincia cumplió su acostumbrado rol: difundió una nota ilustrada con una foto retocada de Daniel, le dibujaron bigotes que nunca usó. El diario narraba un intercambio de disparos que no se produjo y ponderaba la actuación de la patota militar, que sería condecorada. El operativo —señalaba— había concluido con dos personas abatidas y tres apresadas. Se refería a Eduardo, que llevaba una semana secuestrado, y a su padre y su madre, detenidos el mismo día que él por la policía provincial. 

La Nueva Provincia [...] narraba un intercambio de disparos que no se produjo y ponderaba la actuación de la patota militar, que sería condecorada.

El cuerpo de Daniel fue entregado a un tío. El de Olga recibió sepultura con nombre falso, y recuperó su identidad recién en 1998, gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense. 

Desde los últimos días de noviembre y hasta su liberación, a fines de 1978, Eduardo pasó por las cárceles de Bahía Blanca y La Plata. 

La vida de la familia no volvió a ser igual. 

A las ausencias se sumaron los hostigamientos periódicos, con visitas regulares de agentes policiales y de inteligencia hasta 1983; los traumas que comprometieron la salud de su madre y el despojo de bienes familiares, que obligó a su padre a trabajar como sereno hasta un día antes de su muerte, en 1995. 

Forjar una voz que sobrevive

Cuando el kirchnerismo le devolvió la confianza en un gobierno, “Chiquito” llevaba tres lustros de militancia en la APDH bahiense. 

Junto a Malisia sistematizaron información sobre víctimas, represores y cómplices; produjeron un programa radial luego censurado por el menemismo y organizaron actividades que comenzaron a romper “la Bahía del silencio”, título del también bahiense Eduardo Mallea con que el tocayo de “Chiquito” definía a la ciudad. 

A fines de la década del 90, la organización consiguió que se realice el Juicio por la Verdad. Era la única alternativa frente a las leyes de impunidad, que ya en 1988 habían motivado la desvinculación de la filial local de la APDH nacional. No era un tema más en Bahía Blanca, que un año antes había sido noticia a nivel nacional por la declaración de inconstitucionalidad de la ley de obediencia debida. 

En junio de 1987, el entonces presidente Raúl Alfonsín promulgó la ley 23.521, conocida como de obediencia debida. Su consecuencia fue la libertad para todos los procesados que participaron de la represión y no eran jefes superiores. Ese mismo año, los camaristas bahienses Luis Cotter e Ignacio Larranza, en respuesta a la solicitud del fiscal Cañon, declararon la inconstitucionalidad de esta norma. Pero la Corte Suprema anuló ese fallo. Recién en 2005, el máximo tribunal —con otra composición y en otra causa— revirtió esta decisión. 

La APDH bahiense también buscó ilustrar a vecinas y vecinos que los crímenes de lesa humanidad no eran episodios privativos de grandes urbes. El nombre elegido para la exposición, Aquí también pasaron cosas, mantiene su vigencia en la siembra de Memoria, Verdad y Justicia que Eduardo Hidalgo inició cuando aún no se había disipado la oscuridad genocida.  


Volverse Memoria para la Verdad y la Justicia

Chiquito sí pudo acompañar los anteriores juicios por la represión en la llamada ZONA V. 

Directiva del Ejército 404/75 que establece las zonas de la represión. 



El juicio que entre 2011 y 2012 rompió la cerrada impunidad bahiense lo tuvo como testigo y querellante. En su declaración abundó en datos precisos, frutos de una capacidad de registro que no perdió ni en las peores circunstancias, y un corazón emocionado por concluir tres décadas de espera. 

En ese juicio, durante casi tres horas, Eduardo eligió responder a las preguntas de los abogados defensores poniéndose frente a ellos. De ese modo, también estampaba la verdad histórica en los rostros de sus antiguos verdugos. Cuando concluyó, el público lo abrazó con un sonoro y largo aplauso.  

El debate oral que comenzó el 17 de febrero, el octavo que se realiza en la localidad y uno de los mayores en la provincia de Buenos Aires, abordará más de trescientos casos. Muchos por primera vez. Los que se repiten como el de Hidalgo, su hermano Daniel y su cuñada Olga Souto Castillo sumarán nuevos acusados. 

El registro audiovisual del testimonio que “Chiquito” aportó en 2011 se incorporará como prueba. 


Como el sol o la lluvia

Alejandra Santucho, integrante de la regional de H.I.J.O.S., le recordó a Perycia que en los primeros años de lucha contra la impunidad, “en Bahía Blanca, el organismo de derechos humanos fuerte y convocante fue siempre la APDH”. 

Es posible que Eduardo y Alejandra coincidieran por primera vez, en un mismo espacio y con igual objetivo, cuando ella acompañó a su abuela a aportar datos que Hidalgo y Malisia recogieron para la CONADEP. Lo que seguro ocurrió es que, años después, Alejandra trabajaba en una cadena de supermercados y ambos referentes de derechos humanos recorrieron las sucursales hasta dar con ella. La buscaron para saber cómo transitaba su joven adultez de orfandad.  

A Alejandra le resulta difícil reencontrar el primer recuerdo de Eduardo. 

¿Cuándo lo conoció?

La memoria le juega una mala pasada. Acaso porque él siempre estuvo, tan natural como el sol o la lluvia, en la búsqueda de justicia por los crímenes de la última dictadura. 

Cuando la pregunta es sobre la personalidad de “Chiquito”, destaca dos puntos. Ambos son, anticipa, “ejemplares para mí''. El primero, su confrontación con los poderosos y con quienes no cumplían con lo que debían, con fundamentos e inteligencia, pero la mayoría de las veces en soledad. La otra, su sentido del humor, que “no me caben dudas de que lo ayudó a vivir, a no encerrarse en el dolor y a seguir luchando”. 

Escuchá el recuerdo de Alejandra Santucho.


Forjador de futuro 

“Hemos tenido una relación fantástica, de mucha generosidad de su parte, de mucho aprendizaje”, atesora hoy Alejandra. Aunque su ausencia dibuje todavía un vacío que parece insondable, el histórico dirigente sabía que los años compartidos habían robustecido el músculo de lucha de las generaciones más jóvenes. 

Lo dijo en uno de sus últimos discursos en un 24 de marzo, en tiempos prepandémicos, cuando como cada año la APDH organizó el acto conmemorativo a metros del lugar donde funcionó el CCD en que Eduardo estuvo secuestrado:

“Siento el orgullo militante de haber visto el crecimiento notorio y notable de nuestros H.I.J.O.S. en ésta y otras luchas, la referencia central y cotidiana de ellos en la militancia y en este acto desde hace tiempo, porque sin dudas serán los que cuidarán el objetivo y razón de este acto hacia adelante, como del significado de Memoria, Verdad y Justicia. Que nadie crea que quien habla abandona la lucha. Voy a estar, como siempre, o quizá mucho más, y hasta mi último aliento”. 

Una semana después de su muerte, el año pasado, llegó un nuevo 24 de marzo. El primero sin que su silueta se recortase en lo alto. Con precauciones para evitar contagios, la asistencia desbordó las expectativas. El corazón de Eduardo seguía latiendo en sus compañeros y compañeras, en rostros juveniles y en H.I.J.O.S. que, como él había previsto, tomaron su hidalgo nombre para llevarlo como bandera a una nueva victoria.  


 

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