El genocidio y las hijas de María

Marcela y Marina fueron secuestradas junto a su hermano Sergio por represores en Berazategui, el día que se llevaron a su mamá, militante de la JP. Como ya contó Perycia, una tenía 12 años y la otra menos de 2, pero igual recorrieron Centros Clandestinos de Detención, y una de ellas, Marcela, fue torturada. Las hermanas se sentaron frente a un tribunal en La Plata para recordar el espanto y esperar justicia.



Por Julia Molina
Fotos: María Paula Ávila
Publicada: 21/05/19


La cámara del recinto apunta al inmaculado cielo raso blanco del Tribunal. Un trabajador técnico le solicita a los camarógrafos oficiales que no enfoquen a la testigo. Lo había pedido ella para evitar la mirada indeseada de los acusados que están comunicados por videoconferencia: Carlos Alberto Bazán, Francisco Ángel Fleba, Eduardo Arturo Laciar, Daniel Eduardo Lucero y Eduardo Enrique Barreiro, todos represores imputados en el juicio por crímenes de lesa humanidad.

A las 10:43 se abre la puerta de madera y entra la primera testigo. Una mujer rubia, con ojos turquesa, da pasos lentos. Se sienta en el sillón frente al Tribunal. El juez Castelli la mira fijo, con las yemas de los dedos apoyadas entre sí. El presidente del Tribunal Oral Federal N°2 (TOF Nº 2) de La Plata, Esmoris, le pide que se presente.

—Mi nombre es Marcela Patricia Quiroga; soy ama de casa y tengo 54 años —dice mientras el ruido de las teclas del mecanógrafo se enlaza a sus palabras.

Cada tres segundos el talón derecho de ella golpea silenciosamente el piso de madera.

Desde la Fiscalía le piden que recuerde su vida. Cuenta que es hija de María Nicasia Rodríguez y de Cipriano Octavio Quiroga. Que ambos militaban en el barrio Entre Vías de Avellaneda, en una unidad básica de la Juventud Peronista (JP), cuando ella tenía siete años. Recuerda el día que volvieron y su papá le dijo: “Perón nos echó de la Plaza” y de cómo la vida familiar cambió: comenzaron a mudarse de barrio en barrio, el matrimonio se separó y Octavio dejó de militar.

María no.

***

Con el tiempo, María conoció a una nueva pareja: Guillermo, que también fue secuestrado y con quién tuvieron un bebé.

Los meses posteriores al secuestro de Guillermo fueron de insomnio. Él había desaparecido en septiembre de 1976, cuando fue a una cita con su referente de militancia. María y sus tres hijos (Marcela de 12 años, Sergio de 10 y Marina de 18 meses) fueron mudándose por distintos barrios, huyendo. El último hogar fue en Berazategui, en el barrio Unión de Villa España, en las calles 148 entre 27 y 28. Allí vivieron con Arturo Alejandrino “Silver” Jaimez, compañero de militancia de María.

Ahora, en el juicio, Marcela recuerda despertarse todas las noches y ver a su mamá sentada frente a la ventana.

Pero el 5 de septiembre de 1977 no se despertó de madrugada.

—Levantate y andá para el baño —le dijo su mamá.

Silver y María agarraron a los chicos y se metieron en el baño. Antes de irse, María miró a los tres y se despidió: “Portense bien que mamita los quiere”. Marcela dice que todavía ve la mano de su madre cerrando la puerta. Luego, el sonido de las balas. Su hermano gritó y ella rezaba una y otra vez, mientras sostenía la puerta. Cuando la balacera terminó, una voz de hombre atravesó el baño. “Tiren acá”, se escuchó.

—¡No tiren! —gritó Marcela.

¿Quiénes son? ¿Cuántos años tienen? 12, 10 y 1 año y medio. Marcela, Sergio y Marina.

Una patota vestida con uniforme militar, rompió la puerta. Los nenes estaban en ropa interior y remera. Con esposas en las manos, los hicieron salir de la casa ante la mirada de los vecinos, caminando hasta la camioneta estacionada en la esquina.

A unas cuadras, en un baldío de la zona, se reunieron con los policías que los estaban esperando. Los subieron a un auto con célula, donde los interrogaron y les dieron de comer fiambre robado de la casa. Después de un tiempo, deciden separar a los hermanos, dejando a Marina y a Sergio en la Brigada de Berazategui y a Marcela con ellos. El plan era que la niña de 12 años recorriera distintos lugares y señalara a los compañeros de su mamá. Pero no terminaba ahí. Durante este tiempo, Marcela estuvo desaparecida durante tres meses, detenida en los Centros Clandestinos de Detención el Vesubio (causa en la cual declaró en el 2013) y en el Sheraton. Siempre estuvo vigilada por Gustavo Adolfo “El Francés” Cacivio y por “Fresco”, otro represor de quien aún se desconoce su identidad.



Lo que hasta el momento se pudo reconstruir de lo sucedido en la madrugada del 6 de septiembre de 1977 es que la patota eran, en realidad, decenas de militares y soldados de la Tercera Sección de la Compañía B del Batallón de Comunicaciones Comando 601 de City Bell, que sigue funcionando en la calle Güemes y Camino Centenario. También participaron la Dirección de Inteligencia de la Policía Bonaerense (DIPBA) y del Destacamento de Inteligencia 101 de La Plata. Todo el operativo, según un documento militar, fue justificado en el marco de “un control e identificación de población”.

El documento fue realizado para poder fundamentar la muerte de un miembro de las Fuerzas y las heridas de otro, producidas en servicio. Es a partir de este informe que la Unidad Fiscal comenzó una investigación sobre los verdaderos motivos del operativo y por la cual se inició el caso judicial en el 2011.

Los imputados, mencionados anteriormente, enfrentan la acusación por homicidio calificado por alevosía y el concurso premeditado de dos o más personas en el caso de las víctimas adultas, privación ilegal de la libertad por la niña de doce años, y retención y ocultamiento de los niños de 10 y 1 año de edad.

Esta historia fue contada en detalle en anteriores notas de Perycia, tales como www.perycia.com/2019/03/una-nina-en-el-pais-del-terror.html  y  www.perycia.com/2019/02/la-nina-que-fue-torturada-en-centros.html.


***

Una señora de traje gris le pide ayuda a un policía para que le sostenga la puerta. En su mano lleva una bandeja con tres tazas de café, una tetera, vasos con agua y botellas de gaseosa. Camina por el recinto de suelo de pinotea y llega hasta el escritorio de los jueces.

—Me pidieron que señalara algunos lugares, algunas casas —recuerda Marcela, mientras recibe un vaso de agua—. Yo respondía todo.

Para aquel entonces, en el año 1977 y durante su cautiverio, ella ya había dicho todo lo que sabía, pero sus secuestradores querían más. Algunos de ellos estaban impacientes y la ira se les empezó a notar. La nena se puso nerviosa y mintió: dijo que en una torre de un barrio de Ezpeleta vivía alguien conocido de ella.

Casualmente, en ese edificio vivía un militante, pero no el que ella había nombrado. La llevaron a una pieza, la acostaron, y le taparon la cara con una almohada. Uno de ellos le golpeaba las costillas y, otro, le retorcía sus pezones. Tenía 12 años. “Me costó todo una vida ponerle palabras a esto. Después de declarar en la causa del Vesubio, me di cuenta que eso fue un abuso sexual”, dice ahora ante el TOF N°2 de La Plata.

A continuación, explica que tiene la sensación de haber pasado por el Batallón 601 de City Bell, aunque no podría aseverarlo. De ahí, salta a cuando la llevaron al regimiento de La Tablada, el CCD mejor conocido como el Vesubio.

Habla mirando a los jueces, quienes no le sacan los ojos de encima. El mecanógrafo sigue concentrado en su deber, pero su compañera tiene la piel roja de aguantarse las lágrimas y no para de fruncir su boca. Pero Marcela habla de lo que le pasó con una entereza inquebrantable. Cuenta sobre sus días en el CCD y recuerda a sus compañeros: Silvia Corazza, Elena Alfaro, Chela Lorenzo, Graciela Moreno, Juan Marcelo Soler, Héctor Oesterheld, Tato Taramasco, y María del Pilar García Reyes.

Cuando la iban a trasladar al “Embudo” (El Sheraton), les armó un cartel. Lo último que recuerda es los ojos llenos de lágrimas y las sonrisas forzadas de sus compañeros. “No llores”, le dijo Silvia antes de que le vendaran los ojos. Marcela fue llevada al nuevo lugar junto con el historietista Héctor Oesterheld. Cuando llegaron, compartieron cautiverio con el matrimonio Ana María Caruso y Roberto Carri, con Héctor, José “Clemente” Slavkin, Pablo Szir, Adela “Lali” Candela y Daniel Klosowski.

—Lali me despertaba a la mañana para desayunar. Héctor me daba clase de literatura y hablábamos de historia. Anita y Roberto me daban clases de matemática. Héctor, también, me llevaba al patio porque me veía muy blanca y me hacía jugar al hockey con un palito y una pelotita, mientras Daniel tomaba sol —declara sobre su cotidiano en el Sheraton.



Recuerda que cierta vez vio que traían a alguien nuevo, con los ojos vendados. Lali la corrió y le dijo: “Vos no vas a dormir arriba porque arriba está la sala de tortura”. En su cama durmió Daniel. Esa noche no se apagó la radio ni la luz, como era costumbre. Todos hablaron lo más que pudieron para que ella no escuchara los gritos de la tortura. Marcela estuvo en el Embudo por un mes y medio; en total estuvo tres meses secuestrada.

—Estuvimos con tu viejo —le dijo el Francés—. Si hubiéramos visto que tu viejo era un viejo de mierda, no te llevábamos con él. Tus hermanos viven con él.

—Te quiero adoptar —le confesó Fresco—. Quiero que seas la hermana mayor de mis hijas.

Luego de 15 días, se la llevaron para finalmente reunirla con su papá.

 “Otra vez la despedida con todos. Sonriendo, pero conteniendo las lágrimas. Los abrazos, los besos. Por última vez me pusieron una venda en los ojos, hasta que salí de ese lugar”.

***

Por primera vez en lo que va de testimonio -una hora-, la voz de Marcela Patricia Quiroga se ahoga en llanto ante la pregunta de la Fiscalía. La animan a que recuerde qué hicieron con su hermano Sergio durante el secuestro; responde que eso lo sabe por lo que él le contó, porque ella con el tiempo se bloqueó.

—Mi hermano afirma que lo sacaron por la parte de atrás de la casa. Dice que vio a la madre muerta. Enterarme de esto fue un dolor en el alma —solloza—. Tenía diez años. ¿Cómo le van a mostrar a la madre muerta? Ustedes no saben lo que le ha costado y le cuesta vivir a este hombre de 52 años. Si a mí me hubiese tocado ver a mi madre muerta, no hubiera sobrevivido.

Pero enseguida se recompone y aclara que esta historia sólo le dio dolor. Sintió ira cuando su hermano le contó, de grande, lo que vio. Se estima que Sergio declare en el juicio el 3 de junio en una audiencia que marcará un antes y un después.

-Nos destrozaron la familia. Muchas veces no digo: “ El día en que murió mi mamá”. Digo: “El día en que nosotros morimos”.



En 2006 el Equipo Argentino de Antropología Forense se contactó con los hijos de María Nicasia Rodríguez. Les contaron que estaban casi seguros que habían encontrado los restos de su mamá en el Cementerio de La Plata. Seis meses después de la exhumación, se confirmó que el ADN del cuerpo había dado positivo y el 20 de julio de 2007 le hicieron el sepelio.

—Pudimos enterrarla en el Cementerio de Avellaneda, le pusimos una placa con tres fechas: el día en que nació; el día que murió; y el día en que la pudimos enterrar.

***

Son las 12:49 y el juzgado llama a Marina Angélica Fernández. Entonces una mujer morocha, de pelo largo, entra en la sala. Tiene 43 años. Ella mira solo al fiscal, quien le hace la primera pregunta.

—Yo tengo el recuerdo de que a mis cinco años escribía mi apellido y que mi mamá me dijo: “Ese no es tu apellido. Vos no sos mi hija. ¿Sabés quién es tu mamá?”.

Marina, después de que su familia fuera diezmada por el operativo del Batallón 601 que asesinó a su madre (su padre había sido asesinado un año antes), quedó bajo la custodia de sus tíos maternos, Carmen y Antonio. Desde chica le dijeron la verdad sobre su identidad y creció sabiendo que sus “primos” que la iban a visitar regularmente, eran en realidad sus hermanos.

Recién a sus 14 años ella pudo saber que sus padres habían sido víctimas del plan genocida de la dictadura. Pero cuenta que de grande pudo encontrar una relación de hermana con Marcela y que ella le comparte recuerdos de su madre.

Marina espera que cada cumpleaños su hermana le escriba una nueva carta sobre la historia de María. Sueña así conocerla un poco más.

— Yo perdí sentirme identificada con alguien. Sólo vivo de los recuerdos que me cuentan los demás.

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